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En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

Hans Hermann Hope, autor de ‘Democracy — the god that failed: the economics and politics of monarchy’ (2001), es un economista libertario sumamente controvertido que ha analizado en varias ocasiones el funcionamiento de las formas de gobierno y, desde sus premisas conceptuales, ha dirigido incisivas y férreas críticas a la democracia misma en tanto que forma de gobierno.

Menciona -razón única por la cual el autor del blog lo considera de cierto interés- que comparativamente la democracia es inferior a una monarquía, si bien finalmente decanta su preferencia por una forma especial de anarquismo.

A continuación, y deslindándonos no obstante de su libertarianismo (oh, académicos, que quieren diseñar las sociedades y el mundo desde sus artificiales y cómodos escritorios), reproducimos con todo por su interés íntegramente su texto: ‘¿Por qué los malos gobiernan?’ (artículo original: Why Bad Men Rule, LewRockwell.com, Nov. 8, 2004; traducción de Rodrigo Betancur).

Es decir, por qué, en una democracia, estamos invariablemente condenados a que los peores sean quienes gobiernen.

Un texto que bien podría complementarse con este otro: Democracia y Capitalismo.

¿Por qué -me pregunto- del hecho de que las democracias son las formas de gobierno casi universalmente en uso, deberíamos derivar en absoluto, en cuanto a nuestra inteligencia política, la ‘aceptación’ moral y politológica de dicha tragedia?  ¿Acaso no es el reconocimiento del mal de la democracia misma un principio de acción a futuro, independientemente de lo que, contingentemente, debiera una persona hacer mientras aún subsista este engaño? ¿Acaso podría haber orientación política seria si, al menos en el plano de los reconocimientos de base, no tenemos claridad sobre la falsedad de tales sistemas?  Basta de auto-engaños por amor a la fatalidad.  Ésa, precisamente, es la trampa de la que se nutre la fatalidad auto-generada.

* * * * * * *

POR QUÉ LOS MALOS GOBIERNAN

 

Una de las tesis más extensamente aceptadas entre los economistas políticos es la siguiente: Todos los monopolios son malos desde el punto de vista de los consumidores. Por monopolio se entiende, en su sentido clásico, como un privilegio exclusivo otorgado a un productor unico de un bien o servicio, o sea, como la ausencia de entradas libres en una línea particular de producción. Es decir, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado, X. Cualquier monopolio es malo para los consumidores porque, protegido de nuevos participantes potenciales en su área de producción, el precio del producto X será más alto y la calidad más baja que si fuera de otro modo.

 

Esta verdad elemental ha sido invocada con frecuencia como un argumento a favor del gobierno democrático como opuesto al gobierno clásico, monárquico o señorial. Porque bajo la democracia la entrada al aparato gubernamental es libre –cualquiera puede llegar a ser primer ministro o presidente – mientras que bajo la monarquía está restringido al rey y su heredero.

 

Sin embargo, este argumento en favor de la democracia adolece de fallas fatales. La entrada libre no siempre es buena. Libertad de entrada y competencia en la producción de bienes son buenas, pero en la producción de algo malo no lo son. Libertad de entrada en el negocio de torturar y matar inocentes, o la libre competencia de falsificar o estafar, por ejemplo no son buenas; es peor que malo. ¿Así que qué tipo de “negocio” es gobernar? La respuesta: no es un productor usual de bienes en venta a consumidores voluntarios. Por lo tanto es un “negocio” dedicado a robar y a expropiar – por medio de impuestos y falsificación – y a guardar para sí los bienes robados. De ahí que, la libertad de entrar en el gobierno no mejora algo bueno. En realidad, hace las cosas peores, es decir, agrava lo malo.

 

Desde que el hombre es como es, en toda sociedad existen personas que codician la propiedad de los demás. Algunas personas están más inclinadas a este sentimiento que otras, los individuos aprenden generalmente a no actuar bajo tales pasiones y aún más, se sienten avergonzados de tenerlas. Ordinariamente pocos individuos son incapaces de suprimir exitosamente sus apetitos por la propiedad de otros, y son tratados como criminales por sus congéneres y reprimidos bajo la amenaza del castigo físico. Bajo el gobierno señorial, sólo una sola persona – el príncipe – puede actuar legalmente bajo el deseo por la propiedad de otra persona, y esto es lo que lo convierte en un peligro potencial y en un “malo”.

 

Sin embargo, un príncipe es restringido en sus deseos de redistribución porque todos los miembros de la sociedad han aprendido a considerar el tomar y redistribuir la propiedad de otras personas, como vergonzoso e inmoral. Por consiguiente miran cada acción del príncipe con sospecha suprema. En claro contraste, al abrir la entrada en el gobierno, a cualquiera le es permitido expresar libremente su deseo por la propiedad de otros. Lo qué era considerado

anteriormente como inmoral y por consiguiente suprimido, es ahora considerado como un sentimiento legítimo. Todos pueden codiciar abiertamente la propiedad de otros en nombre de la democracia; y todos pueden actuar bajo este deseo por la propiedad de otros, siempre y cuando logren entrar en el gobierno. De ahí que bajo la democracia cualquiera puede llegar a ser una amenaza.

 

En consecuencia, bajo condiciones democráticas, el popular deseo por la propiedad de otra persona, aunque inmoral y antisocial, es sistemáticamente reforzado. Toda demanda es legítima si es proclamada públicamente bajo la protección especial de la “libertad de expresión”. Todo puede ser dicho y reclamado, y todo está a disposición de cualquiera. Ni siquiera el aparentemente seguro derecho de propiedad privada está exento de alguna solicitud de redistribución. Peor aún, mediante elecciones populares, aquellos miembros de la sociedad con poca o ninguna inhibición para hacerse a la propiedad de otras personas, eso es amorales habituales, con gran talento para obtener las mayorías populares para una multitud de demandas moralmente irreprimidas y mutuamente incompatibles (demagogos eficientes) tenderán a ganar entrada y ascenso a la cima del gobierno. De ahí que, una situación mala llega a ser todavía peor.

 

Históricamente, la selección de un príncipe fue por el accidente de su nacimiento noble, y típicamente el único requisito personal fue su educación como futuro príncipe y custodio de la dinastía, su posición, y sus posesiones. Esto no aseguraba que un príncipe no fuera malo y peligroso, por supuesto. Sin embargo, vale recordar que todo príncipe que fallaba en su deber primario de preservar la dinastía – que arruinaba el país, que causaba inestabilidad, confusión y disensión civil, o que de cualquiera forma pusiera en peligro la posición de la dinastía – encaraba el riesgo inmediato o bien de ser neutralizado o de ser asesinado por otro miembro de su propia familia. En todo caso, sin embargo, incluso si el accidente del nacimiento y educación no impidiera que un príncipe quizás fuera malo y peligroso, el accidente de un nacimiento noble y una educación magnífica tampoco impedía que fuera un diletante inocuo o aún una persona buena y moral.

 

Por lo contrario, la selección de gobernantes por medio de elecciones populares hace casi imposible que una persona buena o inocua pueda jamás subir a la cúspide. Primeros ministros y presidentes son escogidos por su eficiencia probada como demagogos moralmente laxos. Por lo tanto la democracia asegura virtualmente que sólo personas malas y peligrosas suban al más alto gobierno. Efectivamente, a consecuencia de la libre competencia y selección políticas, los que suben llegan a ser individuos cada vez más malos y peligrosos, pero como vigilantes transitorios e intercambiables sólo en pocas ocasiones son asesinados.

 

No puede haber mejor cita que la de H.L. Mencken en este contexto.

 

Los políticos,” dice con su agudeza típica, “nunca o rara vez logran [el cargo público] por mérito solamente, por lo menos en estados democráticos. A veces, claro está, sucede, pero sólo por un milagro especial. Normalmente son escogidos por razones bastante diferentes, la principal de las cuales es simplemente su poder de impresionar y hechizar a los marginados intelectuales….

¿Acaso alguno de ellos se aventura a decir la verdad simple, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la situación del país, sea éste extranjero o doméstico? ¿Se abstendrá de hacer promesas que sabe que no puede cumplir – que ningún humano podría cumplir? ¿Pronunciará una palabra, por obvia que sea, que alarme o enajene a cualquiera de la inmensa mayoría de imbéciles que se arraciman en la coyuntura pública, revolcándose en la papilla cada vez más y más delgada, esperando que llegue lo que no ha de llegar?

Respuesta: puede ser cierto, pero sólo por unas pocas semanas al comienzo….

Pero nunca después que el asunto se ha debatido suficientemente, y la lucha está en su punto álgido….

Prometerán a cada hombre, mujer y niño en el país, cualquier cosa que quieran oír. Recorrerán los campos en busca de oportunidades de hacer rico al pobre, de remediar lo irremediable, de asistir al que ya ni siquiera necesita socorro, de descifrar lo indescifrable, de desinflamar lo ininflamable. Todos estarán curando verrugas con palabras mágicas y saldando la deuda pública con dinero que nadie tendrá que ganar. Cuándo uno de ellos demuestra que dos veces dos son cinco, otro demostrará que son seis, seis y una mitad, diez, veinte, N.

Para abreviar, se despojarán de su carácter de hombres sensatos, sinceros y veraces, y se convertirán simplemente en candidatos para el oficio, centrados solamente en arrinconar votos. Todos sabrán en ese entonces, suponiendo que algunos aún no lo saben, que los votos se obtienen en la democracia, no con palabras coherentes y juiciosas sino hablando tonterías, y se aplicarán al trabajo con entusiasmo, cantando y bailando. La mayoría, antes que el alboroto termine, ya estarán realmente convencidos. El ganador será quien haga la mayor cantidad de promesas con la menor posibilidad de cumplir“.

 

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

 

Quizá este pequeño post pueda verse como un complemento al referido a Atenas, Jerusalén y la Meca.  Ibn Arabi (qs) escribió en una de sus obras un relato que nos muestra una distinción esencial en el orden de los niveles del conocimiento.

Al leer los siguientes pasajes, téngase en cuenta no obstante que el filósofo que el Gran Maestro andaluz tiene en mente en su relato es un tipo de filósofo tal como podría encontrarse aún en su época (piénsese en Ibn Rushd -Averroes-, Ibn Sina -Avicena-, entre otros).  Las convulsiones y procesos históricos de la filosofía de entonces ahora, con el reduccionismo triunfalista de la modernidad y la crisis autodeclarada del saber en la postmodernidad, ponen una severa distancia entre aquel filósofo y el actual.

* * *

Claude Addas, en el capítulo quinto de su libro ‘Ibn Arabi o la Búsqueda del Azufre Rojo’, nos relata varias experiencias y frases del Gran Maestro (Shaykh al-Akbar) en relación a la falsafa (como se dice en árabe) o filosofía .

De la obra de Addas, citamos:

El único filósofo verdadero, el que merece el nombre de “sabio” (hakim , que es aquí sinónimo de ‘arif “gnóstico”) es pues, a los ojos de Ibn ‘Arabî, el que busca perfeccionar su conocimiento por medio de la contemplación y de la experiencia espiritual [tal como Platón, según diría Ibn Arabi mismo] (…) Los otros, los que no se apoyan más que sobre su intelecto, no captan nunca nada más que una ínfima parte de la verdad.

Es lo que Ibn ‘Arabî quiso ilustrar en el largo capítulo 167 de las Futûhât en que describe en modo alegórico la ascensión (mi’râj) simultánea de dos personajes; uno es un creyente y camina sobre las huellas de un profeta; el otro es un filósofo y cuenta con su razón para que le lleve a la verdad. Mientras que el fiel tiene por guía a su profeta, el filósofo pretende poder realizar él solo el viaje celeste (…) en cada uno de los siete cielos en que penetran sucesivamente, el creyente es recibido por el profeta que reside allí y éste le inicia en sus secretos y le transmite sus ciencias espirituales. El filósofo, por su parte, es acogido por el ángel que rige ese cielo, que no le comunica más que una parte de las ciencias cosmológicas propias de esa esfera. Llegado al séptimo y último cielo, el de Abraham, al filósofo le prohíben continuar su camino; tiene, se le dice, que volver sobre sus pasos, convertirse y seguidamente rehacer el recorrido del fiel, el cual, en ese momento, prosigue su trayecto hasta el umbral de la Presencia divina.

* * *

Stephen Hirtenstein, en ’The brotherhood of Milk’, nos hará retomar más ampliamente -concluyendo con una traducción suya de las palabras del propio Gran Maestro- este episodio de la obra akbariana.

Escribe:

 

“In Chapter 167 of the Futûhât al-Makkiyya dedicated to the spiritual knowledge of the alchemy of true happiness, Ibn ‘Arabî describes the ascension in terms which are at once wryly amusing and deadly serious. We are presented with two kinds of traveller, both of whom are searching for knowledge of their Creator: the one is a follower of a prophet or messenger, whose response to revelation is one of acceptance and surrender and who copies what he is told to do by the prophet – this presupposes that the prophet is seen as one who truly knows and can act as infallible guide; the other is a speculative thinker, who takes reason as his yardstick and arbiter and wants “to discover the path to knowledge of God by [him]self”. While the speculative thinker thinks he needs to seek knowledge, using all the powers at his disposal, the follower strives only to make himself nothing before the Unity of Truth, like an empty vessel, empty of selfish individuality, ready to receive whatever is deposited in him, without laying claim to owning it.

Not only are their methods different, says Ibn ‘Arabî, but the fruits of their investigations are also different: “Everything that the speculative thinker acquires, the follower also acquires, but not everything that the follower obtains is obtained by the speculative thinker.” This is due to that special and intimate relationship to God which each of the creatures possesses, and which the follower is cognisant of, the private face (al-wajh al-khâss). It is through this private face that he receives knowledge which the speculative thinker cannot understand.

As they progress together on their journey, “the Muham­madian (follower) carried upon the litter of Divine Solicitude (rafraf al-’inâya) and the speculative thinker riding upon the steed of reflective thinking (burâq al-fikr)”, in each heaven the follower is treated with great honour by the prophet of that heaven and is initiated into secrets and mysteries, while the poor speculative thinker is left to his own devices and can only converse with the planet. In many cases even the planet abandons him, saying it is in the service of the prophet and has to attend to his guest. No wonder the speculative thinker gets more and more depressed as the journey goes on.

By the time they reach the seventh heaven, where Abraham resides, the situation has become critical: the speculative thinker is installed “in a dark, deserted and desolate house”, that grimly Saturnine mirror which is none other than the house of his own soul (nafs). That it appears dark and empty shows the ultimate fruitlessness of unaided reason, echoed in the Biblical cry of “vanity of vanities; all is vanity”. Here at the end of it all, there is no joy, no life.

In contrast, the follower is warmly welcomed by Abraham, who is resting his back against the Visited House (al-bayt al-ma’mûr). Just as the earthly Ka’ba is surrounded by pilgrims in prayer, so this heavenly prototype is frequented by angelic presences, constantly coming and going. The Abrahamic injunction to the follower is:

Make your heart like this Visited House, by your being present with God in every state. Know that of all that you see, nothing contains the Real God except the heart of the believer, and that is you!”

* * *

Citemos ahora de la traducción de Hirtenstein del capítulo 167 de las Iluminaciones de la Meca de Shaykh Ibn Arabi (qs).

The two travellers then depart [from the sixth heaven of Moses and Jupiter], the Muhammadian upon the litter of Divine Solicitude (rafraf al-’inâya) and the speculative thinker upon the steed of reflective thinking (burâq al-fikr). Then the seventh heaven is opened up to them, which from there is the first [of the heavens] in reality. Here Abraham, the Intimate Friend, peace be upon him, comes to meet him, while the speculative thinker is met by the planet Saturn. Saturn installs him in a dark, deserted and desolate house, and says to him: “This is the house of your brother,” meaning his own soul (nafs), “stay in it until I come to you, for I am in the service of this Muhammadian follower because of the one with whom he is staying, who is the Intimate Friend of God.”

(…)

Now there is a story about a wise man who wanted to demonstrate this spiritual station to the king: while a master painter occupied himself with painting a picture of the most exceptional composition and the most perfect workmanship, the sage devoted himself to burnishing the wall [opposite] which faced the paintings. Between the two of them there was a curtain hanging down. When they had both finished their work, and done their very best as far as they were each concerned, the king came and stood in front of what the artist had painted: he saw marvellous pictures, with such beauty of composition and excellence of painting as would dazzle the senses. He looked at the colours in this beautiful composition, and it was just like looking at a wonderful view.

Then he looked at what the other [the sage] had done in burnishing that surface, but he saw nothing. Then the sage said to him: “O king, my work is more full of grace and loveliness than his, and my wisdom more recondite and difficult to comprehend than his. Raise now the curtain between me and him, so that you may see at one glance my work and his.”

So the king lifted the curtain, and upon that burnished surface was displayed all that the other man had painted, in an even more beautiful form than it was in itself. And the king was astonished. Then the king also saw his own form and the form of the sage-polisher in that surface, at which he was [even more] bewildered and astounded.

“How can this be?” he asked, to which the sage replied: “O king, I did this for you as an example of your own self in relation to the forms of the world: if you were to polish the mirror of your soul with spiritual practices and exercises, until you were pure of heart and you had removed the rust of nature from your soul, then you would receive the forms of the world in the mirror of your essence (dhât), wherein everything that is in the whole world is portrayed.”

(…)

Then the follower departs from the presence of Abraham, seeking to rise again, and he embraces his companion, the speculative thinker, there. To the latter it is said: “Wait here until your companion returns – you cannot go on, as this is the end of the [realm of] smoke (dukhân).”  Then the thinker says: “I will submit and embrace Islam, and put myself under the authority of that which my companion has entered.” But he is told: “This is not the right place to receive Islam. When you return to your own home, from which you and your companion [first] came, that is [the proper place]: once you have submitted [there] and believed [in your heart] and followed the way of the one who constantly turns to God, being converted by the messengers who bring news from God, only then can you receive in the way that your companion has received.”

 

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

Desde aquí, denunciamos la represión contra los musulmanes en China, y el tratamiento claramente contrario al Islam que sigue en su política dicho gobierno.

Toque de queda

Toque de queda

Del artículo Represión china contra los musulmanes uigures, extraemos las siguientes notas:

“Asgar Can, vicepresidente del Congreso Mundial Uigur, con sede en Múnich, dice que “hay 800 muertos en Urumqi”.

(…)

Legalmente, las mujeres en China pueden tener dos hijos, pero cuando las uigures están embarazadas del segundo tienen mucho miedo porque las autoridades chinas suelen obligarlas a abortar. En los hospitales se esteriliza forzosamente a las madres uigures. Además, nos tratan como esclavos. Nuestras mujeres son obligadas a ir a trabajar en un régimen de esclavitud en fábricas en el centro de China”, relata Can. “El Gobierno de Pekín también practica una política de reasentamiento de la mayoría han en Xinjiang, lo que obliga a los uigures a desplazarse de sus hogares y empleos”, añade.

Y también de la misma fuente:

Escribe Michael Dillon de la BBC:

“El Islam es una parte integral de la vida e identidad de los uigures de Xinjiang. Una de las principales quejas hacia el gobierno chino es alto número de restricciones que Pekín ha impuesto a sus prácticas religiosas.

En la actualidad hay muchas menos mezquitas en la región que las que había en 1949 y las actividades de éstas están sometidas a importantes restricciones.

Por ejemplo, a los jóvenes menores de 18 años no se les permite acudir a las mezquitas, así como a los miembros del Partido Comunista o a los funcionarios del gobierno.

Las escuelas islámicas también están siendo vigiladas y otras instituciones islámicas que antes eran parte central de la vida religiosa en Xinjiang han sido prohibidas, incluyendo muchas de las hermandades sufíes que proporcionan servicios sociales a la comunidad.

En China todas las religiones están bajo control estatal, pero las restricciones al Islam entre los uigures son bastante más que las que se imponen a otros grupos, incluyendo los hui, quienes también son musulmanes pero hablan mandarín.

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

De un tiempo a esta parte, se deja oir cada vez más -por corta que sea aún su difusión, y que por fuerza incluso deba serlo- una palabra en el lenguaje de ciertas discusiones en la esfera del pensamiento sobre la política en nuestro país: ‘metapolítica’.

Las presentes notas pretenden echar algunas luces, si acaso, en torno a este término, a fin de comprenderlo y evaluar su función y posibilidades en la intelección de la política en general.

Partamos de un uso corriente, tal como lo explicita un intelectual partícipe del pensamiento guenoniano -pensamiento conocido también por su auto-referencia como ‘tradicionalista’ o su descripción, también, como perennialista-, a saber, Sergio Fritz Roa.

En la reseña que nos ofrece a la obra de un metapolítico contemporáneo, Primo Siena, Frizt Roa señala:

Digamos que la metapolítica es la política guiada por principios de orden tradicional, es decir no humanos; o si se quiere, la aplicación de la metafísica en el orden político. La criptopolítica es el mundo de la baja política, la que se encuentra alejada de una orientación divina, por ser dirigida por intereses individuales o tribales (pero siempre egoístas) y materializada en el actuar más bien comercial y efectista que uno ordenado y abnegado. Insistimos que la clasificación no es pueril, y, a diferencia de lo que algunos creen, el uso de la voz metapolítica sí tiene un sentido y por tanto obedece a una necesidad. ¡Y esto no solo por la urgencia de usar otro término cuando la política se ha desgastado y se ha hecho sinónimo de corrupción, lo cual ya sería buen motivo para mirar otros horizontes semánticos!; sino que ante todo por la misma lógica del término. Se trata, entonces, de algo más que política, entendida ésta como la ciencia o arte de la organización de la ciudad. Es ir a los principios fundadores y rectores del orden divino que necesariamente han de plasmarse en la realidad del mundo cívico.

Una tal diferenciación conceptual (entre política y metapolítica) ciertamente no tiene sentido en las comunidades tradicionales, donde todo se rige y articula de acuerdo a un plan de Dios y se expresa en un grupo de seres cualificados para interpretar dicho designio. No, por supuesto que en el mundo tradicional hablar de una política y una metapolítica es ocioso e ineficaz. Pero, en el mundo actual, donde la creencia en un orden divino ha perdido toda fuerza, y ello no solo a nivel de “las masas” sino que en la supuesta “elite”, ciertamente que sí tiene un valor preciso.  [El subrayado es nuestro]

Es cierto que, con estas palabras, entramos ya en una de las concepciones de la metapolítica, entre otras que también se han producido.  Pero valga el señalamiento conciso de este modo de enterderla, a fin de ir percibiendo el horizonte que la discusión misma acerca de la utilidad, validez, fundamentabilidad o practicidad de una metapolítica pueda tener en el pensamiento sobre la política.

Para captar algo más de la problemática del concepto de la metapolítica, nos servirán las reflexiones de Alberto Buela en su artículo precisamente denominado ¿qué es metapolítica?.

(…) la metapolítica en una primera acepción [de la mano de la Nueva Derecha] significa la tarea de desmitificación de la cultura dominante cuya consecuencia natural es quitarle sustento al poder político, para finalmente reemplazarlo, y para esto último hay que hacer política.

Y acá surge la paradoja de la nouvelle droite, desde este punto de vista, y es que adoptando esta primera acepción ha querido desarrollar metapolítica sin política. Así lo afirma enfáticamente su fundador cuando sostiene: “Donde nosotros hemos siempre situado nuestra acción es sobre un plano metapolítico o transpolítico, a la vez cultural y teórico, y es ésta una vocación que no sabríamos cambiar”.   Sobre este tema, el politólogo Marco Tarchi observa que la nouvelle droite no lleva a cabo ninguna acción política partidaria, pues considera que los partidos políticos han sido superados en poder e iniciativa por los mega aparatos massmediáticos y que, es allí en donde esta corriente de pensamiento intenta llevar adelante la disputa.

Señala Buela una segunda acepción por la cual la metapolítica es un examen filosófico (ora hermenéutico ora filosófico-analítico) de los conceptos políticos.

Lo de ‘meta’, entonces, le vendría al ser una disciplina que procede desde una toma de distancia reflexiva a abordar los conceptos políticos, esto es, una suerte de metalenguaje respecto a un lenguaje-objeto.  Si bien esta segunda acepción, en sus vertiente hermenéutica que no -al menos directamente (1) – en su vertiente analítico-filosófica pura puede llevar el signo de una crítica de los entendimientos, problemáticas y consensos en la política reflejados en el uso de sus términos, ciertamente se percibe que aquí estamos ante algo distinto a la metapolítica de la Nueva Derecha.

En tercer lugar, siguiendo la exposición de Buela, se halla la concepción ‘tradicionalista’ (guenonista y/0 schuoniana y/0 evolista, et alia) de la metapolítica, aquella que señalamos al inicio.

Una tercera acepción de la metapolítica está dada por lo que se denomina tradicionalismo, corriente filosófica que se ocupa del estudio de un supuesto saber primordial común a todos las civilizaciones. Cabe distinguir este tradicionalismo que por definición es ahistórico, de la tradición de un pueblo particular como historia de valores a conservar.

El máximo representante de esta corriente, en este tema, es el italiano Silvano Panunzio quien en su obra Metapolítica: La Roma eterna e la nueva Gerusalemme (Roma, 1979) se ocupa detalladamente de los fundamentos de la metapolítica y su funcionalidad en nuestro tiempo.

Sin embargo, es su continuador el agudo pensador italo-chileno Primo Siena, quien mejor define esta significación de metapolítica cuando sostiene: “Trascendencia y metapolítica son conceptos correlativos, por ser la metapolítica veraz expresión de una ciencia no profana y más bien sagrada; ciencia que por lo tanto se eleva a la altura de arte regia y profética que penetra en el misterio escatológico de la historia entendido como proyecto providencial que abarca la vida de los hombres y de las naciones. Por consiguiente, la metapolítica expresa un proyecto que –por la mediación de los Cielos– los hombres rectos se esfuerzan de realizar en la tierra, oponiéndose a las fuerzas infernales que intentan resistirles” (De: P. Siena, “La metapolítica y el destino superior de nuestra América romántica”, Conferencia en III Encuentro Iberoamericano de Metapolítica, Viña del Mar, agosto de 1995, p. 2.)

Buela pasa a señalar su forma de entender la metapolítica, como una cuarta acepción propuesta, que sin embargo peca por ser más bien vaga, verdaderamente no definida, y, por ello mismo, no asible.  Para él, la metapolítica debería ser la actividad filosófica, por un lado, para comprender el fundamento último no político de la política (pero cuál sea el dominio al menos de ese fundamento no último no se señala en absoluto) para, a renglón seguido, proponer actividad política.

Valga el presente escrito,  sin embargo, no para dar cuenta de un mero ejercicio vacío de clasificaciones conceptuales, sino para dar cuenta a modo indiciario de la problemática de la búsqueda del fundamento de una política.

En efecto, la introducción del vocable metapolítica obedece a la insuficiencia y hasta la ilegimitidad del discurso de ‘las políticas’ o de los pensamientos políticos habituales a tales políticas y precisamente, ante tal insuficiencia, pretende dar un salto ‘más allá´a fin de volver a encontrar un terreno sólido desde el cual poder señalar con suficiencia o al menos con mayor legitimidad las orientaciones o al menos la percepción del campo de lo político.

Dicho esto, es de esperar -como de hecho ocurre- que haya discrepancias en cuanto al terreno del fundamento que se busca.

Buela, por ejemplo, señala ya que la concepción tradicionalista de la metapolítica más bien es propia de una teología política que de una reflexión filosófica de orden metafísico acerca de una metafísica de la política.

En cuanto a la tercera acepción, la tradicionalista, creemos que la misma se vincula mucho más estrechamente, tanto por su saber iniciático y esotérico como por su propuesta paradigmática, a una teología política que a una disciplina reflexiva y exotérica como la metapolítica.

De modo claramente controversial, Carlos Dufour, en su escrito “Aufhebung. El Fin de la Metapolítica“, señala:

Los tradicionalistas sugieren con la palabra “Metapolítica” algo misterioso, algo cuyo sentido habría que descifrar mediante indagaciones especiales, algo tan problemático como la Metafísica, algo semejante a un “más allá” de la realidad política.

Así preguntan “¿qué es la Metapolítica?”, como si se tratara no de fijar el significado de una palabra sino de develar una esencia oculta (…)

El Prof. Primo Siena, saqueando expresiones de Julius Evola y mezclándolas con la Civitas Dei de San Agustín, nos dice en definitiva que la Metapolítica es una especie de “metafísica sacra” (mejor sería denominarla teología subrepcticia) que legitima la política, ya que la política por sí misma tiende a la criptopolítica, como la naturaleza caída, sin la gracia, tiende al pecado. O sea, un impetuoso recycling de la doctrina de las Dos Espadas: la teología como instancia de legitimación del poder político concreto.

Los intelectuales y pensadores denominados tradicionalistas, en la medida claro en que sean rigurosamente adeptos del tradicionalismo,  responderían con un contundente rechazo a esta crítica, señalando que, ante todo, no son ni les interesa en absoluto ser ni intelectuales ni pensadores, sino simplemente perceptores (pero perceptores mentales, al fin y al cabo) y, en la medida de su percepción, locutores de un saber sapiencial perennialista sacro que se eleva por encima del exoterismo (algo de nivel bajo, claro) de una teología, dependiente en definitiva de una Revelación concreta, siendo que ellos, por el contrario, con su saber de orden superior, esotérico, pueden trascender todas las teologías históricamente atestiguables sin depender en definitiva de ninguna en concreto por razones de principio.

¿Cuál es por ende la importancia de la metapolítica, a todo esto? La búsqueda de un terreno firme de crítica de lo que se da en denominar el pensamiento único, y la naturaleza de ese terreno firme.

Si la búsqueda se hace vía la filosofía racionalista, las soluciones podrían ser tan no tradicionalistas como la hermenéutica, la filosofía-analítica, el deconstruccionismo, o en general, por qué no, el amplio espectro de las corrientes y tendencias de la filosofía de hoy en día -incluyendo los intentos, problemáticos, de revitalizar una metafísica en clave puramente filosófica-.

Si la búsqueda se hace mediante la conexión con algo de orden Superior, al modo del intento del tradicionalismo y, parcialmente a la zaga del mismo, al menos en este aspecto, al modo del espectro de la Nueva Derecha, puede hacerse legítimamente una pregunta: ¿y cuál es el fundamento, en tanto que saber, de este pensamiento mismo, incluso aceptando para ello la amplitud del espectro del saber y del Logos más allá de los límites estrechos dibujados por la Ilustración y la modernidad?

En efecto, ¿por qué, en definitiva, recurrir al guenonismo-schuonismo-evolismo o pensamiento tradicionalista/perennialista?

Esto nos remite, claro, al estatus de ese ’saber’.  Muy problemático.  Y más bien, sin restar mérito a sus numerosos aportes, carente de base en sus asunciones fundamentales.

Contrariamente a su suposición universalista, el perennialismo o tradicionalismo no refleja fielmente el entendimiento de las tradiciones sagradas del mundo.  Re-escribe a éstas y llama a la reescritura Tradición.  Una hipóstasis no sólo históricamente harto contestable, sino, por sobre todo, contestada de hecho por las propias voces del saber espiritual máximo al interior de cada tradición sagrada.

Por otro lado, el perennialismo dice no hacer filosofía sino ‘metafísica’ entendida ésta no como las metafísicas racionalistas sino como una supra-filosofía que, procediendo no ya desde la razón limitada sino desde la intelección espiritual superior del espíritu mismo, contempla las ‘formas tradicionales’ (Islam, Cristianismo, Judaísmo, Hinduismo, Budismo, etc.) y detecta y explicita -de llegada- en palabras y giros de pensamiento la verdad común a todas ellas.

Dice por ende no ser filosofía, pero si bien la intelección referida es propia a una auténtica Gnosis, ciertamente los escritos del pensamiento tradicionalista no son Gnosis.

Sigue siendo su proceder, incontestablemente, un proceder surgido de las mentes. No es casual, en efecto, que las obras perennialistas de Guenon, Evola, Schuon, Burckhardt, Coomaraswamy y otros se recarguen de densas figuras y erudición y reflexiones analíticas, en definitiva, un marco y proceder teóricos compactos, propio sólo para ‘los aptos’.

Como lo expresa agudamente Jorge N. Ferrer, en su libro “Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal”:

Lo que aquí quiero sugerir es que el núcleo común de la espiritualidad respaldado por la filosofía perenne no es el resultado de la investigación intercultural o del diálogo interreligioso, sino una inferencia deducida de la premisa de que existe una unidad trascendente de la realidad, un único Absoluto subyacente a la multiplicidad fenoménica y hacia el cual se en­caminan todas las tradiciones espirituales.

La evidencia que proporcionan los perennialistas para apoyar su idea de una meta común para todas las tradiciones espirituales es tan sorpren­dente como reveladora. Los perennialistas suelen afirmar que la unidad trascendente de todas las religiones sólo puede ser aprehendida intuitiva­mente y confirmada mediante un órgano o facultad conocida como el In­telecto (denominado también Ojo del Corazón u Ojo del Alma). Según los pensadores perennialistas, el Intelecto participa de la realidad Divina y, por lo tanto, al ser universal y no estar afectado por limitaciones históricas, es capaz de ver objetivamente las “cosas tal como realmente son” a través de la intuición metafísica directa (gnosis) (véase, por ejemplo, Cutsinger, 1997; Schuon, 1997; H. Smith, 1987, 1993). No cabe duda de que a los pe­rennialistas se les debería reconocer haber dado el atrevido y saludable paso de postular formas intuitivas de conocimiento que trascienden las es­tructuras ordinarias de la razón centrada en el sujeto y la razón comunica­tiva. Sin embargo, decir que este conocimiento intuitivo necesariamente revela una metafísica perennialista es una maniobra interesada que no pue­de escapar de su propia circularidad. Para ser genuinas, nos dicen, las in­tuiciones metafísicas han de ser universales. Y ello es así, nos aseguran, porque la universalidad es la marca distintiva de lo que es Verdad. En pa­labras de Schuon (1984a): «Ninguna escuela o persona tiene la exclusiva de las verdades [perennes] que acabamos de expresar; de ser así no serían verdades, pues éstas no se pueden inventar, sino que necesariamente han de ser conocidas en todas las civilizaciones tradicionales integrales» (pág. xxxiii). A esto añade: «La Inteligencia es o individual o universal; o razón o Intelecto» (pág. 152). Pero entonces, el discurso perennialista se reduce a decir que o tu intuición metafísica confirma la Verdad Primordial o es falsa, parcial o pertenece a un nivel inferior de percepción espiritual. La filosofía perenne, a través de su propia lógica circular, se ha hecho in­vulnerable a toda crítica (cf. Dean, 1984).

Ciertamente necesitamos ir mucho más allá del campo pobre y viciado de los consensos -traslapados o no- y los horizontes de los pensamientos políticos del pensamiento único y, más aún, del legado de la modernidad.  En esto, en despertar esta conciencia, las obras de los perennialistas tienen una función muy importante.

Pero ir más allá es un esfuerzo decididamente espiritual, implica un compromiso definitivo y medular con una llamada al espíritu, y, si bien teóricamente el perennialismo no puede dejar de reconocer ello, su hipóstasis teórica universal (característica antes que de su perennialismo, de su ‘ismo’ intelectual), y su proceder metódico en su carácter conceptual, finalmente intelectual, presenta un grave problema de principio en orden a la consecución del fin que pretenden alcanzar.

Ferrer lo dice en estos términos:

La atribución perennialista de un mayor poder explicativo o valor on­tológico a lo que es común entre las tradiciones religiosas es problemáti­ca. La naturaleza de este problema se puede ilustrar a través de la popular historia de la mujer que, al observar cómo su vecino entraba en un estado alterado de conciencia durante tres días consecutivos, primero con ron y agua, luego a través de una respiración rápida y agua, y por último con óxido nitroso y agua, llega a la conclusión de que la razón de su extraña conducta es la ingestión de agua. La moraleja de la historia es, por su­puesto, que lo esencial o más explicativo en una serie de fenómenos no es necesariamente lo más obviamente común a los mismos.

Además, incluso aunque pudiéramos hallar un substrato esencial a los diferentes tipos de conciencia mística (por ejemplo, la experiencia pura, la “talidad”, o “un sabor”), no necesariamente se ha de deducir que este fun­damento común tenga que ser la meta de todas las tradiciones, el objetivo más valioso espiritualmente, o el cénit de nuestros esfuerzos espirituales. Aunque sea posible hallar paralelismos entre las tradiciones religiosas, la clave del poder espiritualmente transformador de una tradición puede encontrarse en sus propias prácticas y visiones distintivas. A pesar de las li­mitaciones de la siguiente imagen, la agenda perennialista se podría com­parar al deseo de una persona que entra en una rústica panadería parisina y al ver la variedad de deliciosos croissants, baguettes y pastas de té, insiste en que quiere probar lo esencial y común a todos ellos, es decir, la harina.

No es que digamos que el perennialismo produce un sincretismo religioso.  Ciertamente Guenon escribió en contra del sincretismo.

El problema de fondo que presenta, sin embargo, es otro.

Para decirlo de modo bastante diáfano.

Si le preguntan a un tradicionalista: ¿en qué crees, a quién adoras?

Responderá: A Dios, claro, la Trinidad más allá de la creación, a Allah, Parabrahman, el Tao, verás, hay un Último referible diversamente, y de hecho hay referencias y conexiones al mismo en que no se ‘le’ o ‘lo’ adora precisamente, como en el budismo, formalmente ateo, por lo que ya ‘adorar’ es una vía bakhtika, devocional, mientras que a su vez, principialmente, existe otra vía alterna pero que llega a la misma ultimidad radical y es como la del advaita vedanta, contemplativa, o jgnana.

Ya. Es decir, no adora.

La relación con un símbolo, con un constructo teórico pluriforme, con una hipóstasis simbológico-conceptual, NO es una relación con Dios.

A tal ‘dios’ del perennialismo, cuando se le reza, no se le reza en verdad (bil haqq); cuando se le pide perdón, no se le pide perdón en verdad. Etc.

Pero, si miramos a los místicos o, por encima de ellos incluso, a los grandes maestros espirituales, por ejemplo, del Islam, nada podría estar más asombrosamente lejos de su entrega incondicional a Allah, glorificado y exaltado sea, que esta aproximación pretendidamente ‘tradicional’.

El tradicionalismo, en el fondo, no ha podido vencer la herencia de escepticismo que introdujo en el alma la modernidad a la que tanto dice combatir.  Me aseguro pensando que todas las religiones son igualmente válidas, moral, doctrinal e incluso esotéricamente, ya que, claro, ¿cómo decir que una de ellas es la más sobresaliente y la Vía a seguir en vez de otras? (Valga la aclaración de que este problema del ismo perennialista, moderno al fin y al cabo a su pesar, se refiere a quien lo asuma enteramente, pues hay asimismo grados, en los casos particulares, en los que una simpatía o admiración por el perennialismo no llegan con todo a asumir las consecuencias mencionadas de asumirlo enteramente).

Lejos de estar ante el mero problema de una incapacidad de fondo que presenta el perennialismo para una relación con Dios, que sin embargo reclama, el problema se comunica a sus posibilidades de aplicación, como el caso de la metapolítica entendida al modo tradicionalista.

Tal como hemos apuntado en nuestro post ‘Notas en torno a Atenas, Jerusalén … y la Meca’, la magnitud del descalabro contemporáneo halla en principio un modo de ser salvado en el genuino reencuentro no ya entre la filosofía y teología, sino entre ambos saberes con la Gnosis, procediéndose en el camino desde el punto de partida del sometimiento a la Revelación Divina.

Mientras el hombre no regrese a Dios, glorificado y exaltado sea, de modo verdadero y comprometido, no hay ‘meta’ que pueda servirle para desenredar el enredo contemporáneo.

Lo cual abre otra pregunta, por supuesto: ¿y cómo se conecta uno con Dios?  ¿Cómo sigue uno la Voluntad de Dios?

Ah, pero ésa … es otra historia.

Wa min Allahu Tawfiq

 

Nureddin Cueva García

 

NOTAS

(1) Obsérvese, sin embargo, los planteamientos que el filósofo hermeneuta peruano Víctor Samuel Rivera plantea a propósito de Wittgenstein y el pensamiento político, en Wittgenstein y la racionalidad práctica.

 

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

Desde hace unos meses atrás, venimos observando en ciertas esferas un cruce e intercambio (de todos los tonos y matices) de ideas o reflexiones en torno a conceptos tales como tradición, secularismo, conservadurismo, metapolítica, liberalismo, pensamiento único, pensamiento reaccionario, paleoconservadurismo, etc.

Recientemente, un post escrito por un joven y agudo politólogo y profesor de la PUCP ha vuelto en parte sobre este universo conceptual, al recordarnos, sobre este trasfondo, ciertas reflexiones de Von Hayek en torno a conservadurismo y liberalismo.

Von Hayek se aleja del conservadurismo y escribe una crítica al mismo.

Cabe comentar al respecto algunas cosas desde nuestras canteras.

Extraemos dos frases del autor vienés:

“(…) la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente”.

Éste es más o menos el leit motiv de algunas de las críticas contra lo que se ha denominado el pensamiento reaccionario, pensamiento tradicionalista, o el ímpetu de que la religión recupere un espacio crucial en la política.

Otra idea:

“Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas”.

Ahora bien, siempre me han sorprendido algunas cosas:

¿Por qué se acusaría a una directriz religiosa para una sociedad, como la que manifiestamente abrazamos los musulmanes, de no querer la mutación, el cambio?

Hoy en día quizá, y de seguro dentro de las religiones, nadie mantiene mayor fuerza vital y más viva el ansia de cambio que precisamente el Islam. 

En cuanto a otras religiones o estilos ‘espirituales’, los banqueros, los yuppies y Wall Street, pueden sentirse contentos con los ejercicios de ‘meditación yoga’ o repitiendo ommm, y visitando a gurús o lamas en la India periódicamente (para los más ‘comprometidos’ y sensibles).

Las voces cristianas o con formación judaica de protesta (por ejemplo, Noam Chomsky), pueden señalar con crudeza aspectos terribles del orden contemporáneo pero es patente el carácter proteico y volátil de sus genéricas propuestas de cambio (menos capital, más amor; menos egoísmo, más solidaridad; no a la deuda externa, condonación), lo cual se origina después de todo, en el hecho de que, en la historia del Logos, hay todavía un nexo esencial, a su pesar quizá muchas veces, que vincula ‘ontológico-genéticamente’ a tales voces con las raíces profundas del actual orden de cosas (1).

¿Cómo podría acusarse, en este panorama, de temor al cambio en el Islam?

Por el contrario, el cambio que se reclama es severa y largamente profundo, dramática y abisalmente renovador, para eliminar un severo coma espasmódico del mundo contemporáneo.

Frente a este cambio urgido, las controversias izquierda-derecha, liberales-conservadores, republicanos-demócratas, verdes o socialdémocratas parecen, bajo el prisma de la perspectiva histórica, cambios minúsculos destinados a mantener el cuerpo moribundo. 

Podrán no querer ese cambio, pero no decir que no queremos un cambio.  Y la oposición a nuestro cambio es ya otro asunto.  Esa oposición al cambio es característica en la historia del rechazo de los Mensajes Divinos.

Teniendo en cuenta que nuestra historia no empezó hace un siglo, y que en los siglos que tenemos registrados, la historia ha sido largamente más bien religiosa (religiosamente señalada) que irreligiosa, la oposición al cambio religioso es una oposición que tiene también larga data.  No hay nada, en radicalidad, últimamente novedoso en el secularismo.  In nuce, Hayek es bastante viejo.

Ahora bien, identificar esencialmente a una religión políticamente activa con una defensa de un estatus quo sino actual en todo caso previo, por otro lado, es asimismo una malcomprensión seria.

El cristianismo no tiene -medievalismos frágiles aparte- historia real que defender del pasado, por lo que su voz crítica (haciendo abstracción de las voces hegemónicas cristianas más o menos ‘aggiornadas’ insuficientes incluso en su crítica) adquiere más bien el carácter de una utopía.

En cuanto al Islam, ciertamente tenemos una historia que defender, admirar y que incluso adquiere valor normativo sacro para nosotros: la historia de la primera sociedad, economía y estados islámicos reales, históricos, establecidos por no menos que nuestro Profeta (la bendición y la paz de Dios sean con él) y continuada por sus cuatro más grandes e íntimos Compañeros inmediatamente después de él (los Cuatro Califas Rectos).

Pero esa historia, siendo historia, es a su vez ‘contra-historia’.

Mas contra-historia que, a diferencia de la utopía, condenada a la pobreza del límite del raciocinio y del saber (distinto al mero raciocinio) y la contingencia del utopista respectivo, plantea una plataforma sólida de evaluación y de llamado al permanente cambio.

 Muchos de los más grandes hombres en la ortodoxia del Islam, sabios (‘ulama) y/o gnósticos (awliya), han debido apartarse del estatus quo de sus sociedades respectivas, exteriormente islámicas,  o sufrir incluso persecuciones por detentores temporales del poder, precisamente por la radicalidad permanente del cambio religioso.

No hay creyente, nos dice el Enviado de Dios en el Islam, cuyo mañana sea igual a hoy, o su día presente sea igual a ayer … si en verdad es creyente.

El primer cambio que exige un portador de la sapiencialidad islámica es precisamente: a los mismos musulmanes.

Un cambio largo, inagotable, una lucha permanente.

Frente a esto, la renovación social progresista o liberalista, sinceramente, es tan espiritualmente desvalida que se integra a la interminable historia de auto-engaños de perpetuación del ego.

 La clave para comprender las críticas anotadas de Hayek y similares, no es por tanto si se quiere o no cambio, sino qué se quiere, en definitiva, con el cambio.

Librados a una imagen de sí mismos (del ser humano) harto empequeñecida (frente al universo espiritual y ontológico de los océanos reales en el corazón del ser humano que advienen a la manifestación en la Vía de un Enviado (2)), los liberales (incluso aquellos si acaso externa u ornamentalmente aún creyentes) parecen quedar horizontalmente atónitos y hechizados ante cada o casi cada sucesiva imagen al frente, “atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución” (Hayek).  Admiran, se diría, la fuerza de las transformaciones sucesivas inagotables horizontales.  Pero no tienen siquiera idea de las aún más poderosas transformaciones sucesivas inagotables verticales.

Como dijo un islamólogo y pensador contemporáneo, S.H. Nasr:

Hoy en día a menudo se nos dice que tenemos que estar a la altura de los tiempos. Raramente se pregunta a la altura de qué deben estar «los tiempos».

Lo que hoy se llama «los tiempos» es en gran medida un conjunto de problemas y dificultades creados por la ignorancia en que está el hombre sobre su naturaleza real y por su terca determinación a «vivir sólo de pan».

El liberalismo enabola la libertad, como si le fuera casi su patrimonio.

Pero así como ocurre con el cambio, hay también un falseamiento semántico del contrario, para implicar que otra opción es coartar la libertad.

Si por el contrario, aquellos que queremos una libertad real, no podemos cejar en el esfuerzo de evitar que las sociedades institucionalicen estructuras que si algo garantizan es la perperuación de la esclavitud del espíritu al animal ego, pretendiendo arrastrarnos por su fuerza en ello.

Sociedades ‘horizontales’ (como los hombres ciegos en la caverna de Platón) cuyos beneficiarios se contentarán, por supuesto, o con el american way of life, o bien diciendo ‘ommm’, o, como Ira Rennert, el billonario dueño de Doe Run, promoviendo quiebras de empresas, con la desgracia de miles, a cambio de la ‘buena conciencia’ formada mediante cosmética filantropía (como aquella, tan sensible, de la donación de Torahs para yeshivas en Israel, a petición de su rabino).

Wa min Allahu Tawfiq

 

Nureddin Cueva García

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 NOTAS

(1)    “En la civilización cristiana, la ley que gobernaba a la sociedad humana no disfrutaba de la misma sanción divina que las enseñanzas de Jesús. De hecho, esta falta de Ley Divina en el Cristianismo habría de desempeñar un papel nada despreciable en la secularización que tuvo lugar en el Renacimiento y la revuelta gradual y cada vez más acelerada en las esferas políticas y sociales que a través de sucesivas etapas se produjeron en la historia de Occidente dejándolo en un abandono auto-aceptado, institucionalizado y ‘legalmente protegido’ de la conexión tradicional de los gobiernos y las sociedades con Dios, o, como se pasó a denominar, la separación de iglesia (religión) y estado”.

(Del artículo: Seguir la Ley Sagrada o estar a la Altura de los Tiempos)

(2)    “Tenemos un secreto detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos.  Todos esos secretos están ocultos para que ustedes los encuentren; sin embargo, ustedes desperdician su tiempo, su vida y su edad con acciones sin sesntido” (Mawlana Shaykh Nazim, sohbet en Suiza del 15 de julio de 1985).

 

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

 

En torno a Strauss y un comentario de Eduardo Hernando Nieto

 

Nuestro amigo Eduardo Hernando Nieto, una de las pocas voces tónicas en medio de la átona hegemonía del pensamiento secularista político en el Perú, ha escrito un corto pero muy interesante comentario en su blog Nomos contra Anomos, publicado también en el blog colectivo La Coalición, denominado ¿Atenas o Jerusalén?

El trasfondo sobre el que se desarrollan sus líneas es la crítica al nihilismo de la sociedad y el pensamiento dominante contemporáneos, contemplados en tanto que negadores de lo trascendental o sagrado.  Cabe expresar, en efecto, que hay una negación, según los casos, o bien formal (como fueron el comunismo militante ateo, o las igualmente militantes reformas masónicas en su momento) o, más comúnmente, una negación práctica, esto es, la institucionalización de mecanismos de exclusión de los asuntos públicos, sociales, políticos, para las consideraciones que existen en el seno de las religiones o tradiciones sagradas en general.  Con lo cual se las relega al ámbito meramente personal, totalmente inoperante, inocuo y en definitiva ‘bajo control’.

En este contexto, Eduardo Hernando nos recuerda las tesis de Leo Strauss, para quien Occidente ha vivido y se ha definido sobre la base de una tensión entre la filosofía y la teología.  El conocido binomio: fe o razón.  En la historia de esas tensiones, la relevancia de la fe ha sido prácticamente aniquilada (sea formal o prácticamente) en Occidente.

Eduardo esboza una posible vía de solución, y para ello pareciera que observa, como afirmación de la factibilidad histórica de su vía de solución, una situación de ‘armonía de la tensión’ entre ambos órdenes de la vida que nos indica ya hubo antes.

Afirma en efecto, en relación a esto último:

“Es interesante en [todo] caso señalar el modo como dentro del llamado Racionalismo Medieval (Maimónides, Averroes etc) se logró una relación de igual respeto hacia cada una de esas tradiciones [la filosófica y la teológica], a través de la distinción entre lo esotérico y lo exotérico, por lo cual en el plano esotérico se entendía que la vida filosófica era la vida de la búsqueda del conocimiento colocándose aquí en un plano de superioridad frente a la vida de la obediencia. Sin embargo, en el plano exotérico, los racionalistas medievales estaban subordinados a la ley. Esta fue entonces la manera inteligente como se manejó la tensión en este periodo.”

Y señala como parte final:

“Sin duda alguna, la grandeza de nuestra cultura Occidental dependerá de la recuperación de estas dos grandes tradiciones y de la restauración de su tensión, tarea difícil en la actualidad que exhibe más bien un vaciamiento de la razón y de la fe”.

Ibn Rushd - Averroes

Ibn Rushd - Averroes

La mención de Muhammad Ibn Rushd (Averroes), uno de los grandes filósofos islámicos, me llamó la atención y me animé a escribir estas notas de comentario y de clara pero cordial divergencia respecto a algunas afirmaciones de su escrito.

No pretendo detallar aquí la solución proporcionada por Ibn Rushd al problema revelación / filosofía.  Sin embargo, hay un acontecimiento indicativo muy especial, en relación a Ibn Rushd, que me gustaría recordar a los lectores.  Un encuentro significativo que debe ser familiar a varios lectores musulmanes.

Cuando Ibn Rushd se encontraba en la cima de su fama y sus logros, vivía también en Al Andalus un joven muchacho que pasaría, como Ibn Rushd, a la historia universal del Islam pero que, a diferencia de Ibn Rushd, sería reconocido incluso como gigante en el patrimonio de la historia mundial de lo sagrado: Muhammad Ibn Arabi, que Allah santifique su secreto.  Conocido no por nada como Muhyiddin o Revivificador de la Religión, y como Shaykh al-Akbar, o el Más Grande Maestro.

Ambos entraron a las puertas de la historia, pero las puertas que los recibieron, y la altura de la recepción, no tienen comparación.  Shaykh Ibn Arabi entró a la sala de los Ungidos, a la Sala de los Íntimos de Allah, a las estaciones magnificentes de los océanos de las realidades eternas de los que ven sus pechos inundados por la gnosis inagotable y siempre nueva y en expansión que reciben de Allah, Glorificado Sea.

Ocurrió con Shaykh Ibn Arabi lo que anteriormente con el Imam al Ghazzali, que Allah santifique su secreto (conocido en Occidente como Algacel).  Ambos recibieron las estaciones ‘fuera de toda palabra’ de la wilaya, es decir, de la Intimidad con el Único.

Llama la atención, por lo demás, que una de las obras cumbres de Ibn Rushd haya sido un intento de refutar la magna obra precisamente del Imam al Ghazzali.

El hecho sumamente indicativo (‘acontecimiento epocal’ diría alguno) a que me refiero fue el encuentro (o los encuentros, para ser más exacto) que tuvo el joven Ibn Arabi con el consagrado erudito y eximio maestro de la filosofía, Ibn Rushd.

El padre de Ibn Arabi era amigo de Ibn Rushd y este último, enterado de las noticias que decían acerca de su hijo, quiso conocerle. Fue fácil arreglar el encuentro entre estos dos grandes hombres de la historia.

 

EL ENCUENTRO ENTRE AVERROES E IBN ARABI

 

La palabra es de Muhyiddin Ibn Arabi:

 

«Cierto día, en Córdoba, entré a casa de Abü’l-Wá­lid Ibn Rushd [Averroes], cadí [juez] de la ciudad, que había mostrado deseos de conocerme personalmente, porque le había maravillado mucho lo que había oído decir de mí, esto es, las noticias que le habían llegado de las revelaciones que Allah me había comu­nicado en mi retiro espiritual; por eso, mi padre, que era uno de sus íntimos amigos, me envió a su casa con el pretexto de cierto encargo, sólo para dar así ocasión a que Averroes pudiese conversar conmigo.

Era yo a la sazón un muchacho imberbe. Así que hube entrado, levantóse del lugar en que estaba y, dirigiéndose hacia mí con grandes muestras de cariño y consideración, me abrazó y me dijo: “Sí”: Yo le respondí: “Sí”. Esta respuesta aumentó su alegría, al ver que yo le había comprendido; pero dándome yo, en seguida, cuenta de la causa de su alegría, añadí: “No”. Entonces Averroes se entristeció, demudóse su color, y comenzando a dudar de la verdad de su propia doctrina.  Me preguntó: “¿Cómo, pues, encontráis vosotros resuelto el problema, mediante la iluminación y la inspiración divina? ¿Es acaso lo mismo que a nosotros nos enseña el razonamiento?”. Yo le respondí: ‘Sí-No’. Entre el sí y el no, los espíritus alzan el vuelo fuera de su materia, y las nucas se separan de sus cuerpos’. Averroes palideció, lo vi temblar; musitó la frase ritual: ‘Sólo en Allâh existe la fuerza’, pues había comprendido a que me estaba refiriendo yo.»

«Más tarde, después de esta entrevista que tuvo conmigo, solicitó de mi padre que le expusiera éste si la opinión que él había formado de mí coincidía con la de mi padre o si era diferente. Porque como Averroes era un sabio filósofo, consagrado a la reflexión, al estudio y a la investigación racional, no podía menos de dar gracias a Allah que le permitía vivir en un tiempo en el cual podía ver con sus propios ojos a un hombre que había entrado ignorante en el retiro espiritual para salir de él como había salido, sin el auxilio de enseñanza alguna, sin estudio, sin lectura, sin aprendizaje de ninguna especie. Por eso exclamó: “Es éste un estado psicológico cuya realidad nosotros hemos sostenido con pruebas racionales, pero sin que jamás hubiésemos conocido persona alguna que lo experimentase. ¡Loado sea Allah que nos hizo vivir en un tiempo, en el cual existe una de esas personas dotadas de tal sentido místico, capaces de abrir las cerraduras de sus puertas, y que además me otorgó la gracia especial de verla con mis propios ojos.»

«Quise después volver a reunirme con él [es decir, con Averroes], y por la misericordia de Allah se me apareció en el éxtasis, bajo una forma tal, que entre su persona y la mía mediaba un velo sutil, a través del cual yo le veía, sin que él me viese ni se diera cuenta del lugar que yo ocupaba, abstraído como estaba él, pensando en sí mismo. Entonces dije: “En verdad que no puede ser conducido hasta el grado en que nosotros estamos”

«Y ya no volvía reunirme con él, hasta que murió.  Ocurrió esto el año 595 [del computo islámico], en la ciudad de Marruecos, y fue trasladado a Córdoba, donde está su sepulcro. Cuando fue colocado sobre una bestia de carga el ataúd que encerraba su cuerpo, pusiéronse sus obras en el costado opuesto para que le sirvieran de contrapeso. Estaba yo allí parado, en compañía del alfaquí y literato Abü’l-Husayn Muhammad ibn Jubayr, secretario de Sayyed Abü Sa’id [uno de los príncipes almohades] y de mi discípulo Abü’l-Hakam ‘Amru ibn al-Sarraj, el copista. Volviéndose éste hacia nosotros, dijo: “¿No os fijáis acaso en lo que le sirve de contrapeso al maestro Averroes en su vehículo? A un lado va el maestro y al otro van sus obras, es decir, los libros que compuso”. A lo cual replicó Ibn Jubayr: “¡No lo he de ver, hijo mío! ¡Claro que sí! ¡Bendita sea tu lengua!”. Entonces yo tomé nota de aquella frase de Abü’l-Hakam, para que me sirviera de tema de meditación y a guisa de recordatorio (ya no quedo más que yo de aquel grupo de amigos, ¡Allah los haya perdonado!) y dije para mis adentros: “A un lado va el maestro, y al otro van sus libros. Mas dime: sus anhelos ¿viéronse al fin cumplidos?”.»

 

SABIDURÍA Y FILOSOFÍA

 

El encuentro merece detenerse a realizar un balance. Las notas de Eduardo Hernando, que señala que la vida filosófica esotéricamente tiene superioridad sobre la vida de la obediencia,  parecieran señalar que Ibn Rushd se encontraba del lado del esoterismo, en aquella tensión y coexistencia entre esoterismo y exoterismo, entre Atenas y Jerusalén.  Sin embargo, el encuentro entre Ibn Arabi e Ibn Rushd indican otra cosa muy distinta y su relevancia excede al campo únicamente islámico.

Shaykh Muhyiddin Ibn Arabi, conocido como el Más Grande de los Maestros en el sufismo

Shaykh Muhyiddin Ibn Arabi, conocido como el Más Grande de los Maestros en el sufismo

A un lado está el racionalista, creyente, musulmán, pero que, según él mismo, tenía para sí que la filosofía, en la que era maestro, conducía a una forma excelsa de comprensión de Dios, a la que exotéricamente los no filósofos, el vulgo, podían acercarse, a su nivel respectivo, a través de la Revelación. Al otro lado está, rompiendo ese equívoco binomio, uno de los puros, los santificados, un siervo de Dios que únicamente a través del sometimiento más completo, obediente, humilde y heroico, a la Revelación y la Voluntad Divina, obtuvo las gracias de las certezas extra-humanas de las intelecciones supremas y fundantes: la Gnosis.  Frente a la cual enmudece el filósofo. A un lado el filósofo, el racionalista; al otro, el Conocedor.

¿Cuál fue la vía seguida por el Conocedor?  Precisamente, y para sorpresa del binomio planteado, la Revelación.

Veamos algunas consecuencias con detenimiento.

Incluso si se asumiera el binomio (muy equívoco, y nada de mi agrado) esoterismo / exoterismo, la filosofía no se ubica en modo alguno, por su propia naturaleza, en el ámbito del esoterismo.  Lo que hizo Ibn Rushd (Averroes), Ibn Sina (Avicena), el aristotelismo en sede occidental medieval, y toda la actividad posterior ya conocida de esa indagación intelectual no es esoterismo.

La filosofía en tanto que indagatoria se mueve por su propio quehacer al margen del Centro (ya sea del exterior o más aún del interior del Centro).  Y no se modifica este hecho por constatar que, como en el caso de Ibn Rushd, un filósofo acepte el Centro, al modo de los filósofos religiosos. De sobra es conocido, por lo demás, que de ninguna manera podría hablarse de esoterismo ni siquiera de posibilidad esotérica misma en el caso de los filósofos modernos y post-modernos, que en relación al Centro han creído poder, según los casos, combatirlo, arrinconarlo, ‘aggionarlo’, deshacerlo, olvidarlo o, más contemporáneamente, ‘deconstruirlo’.  Nuestra observación incluye estos últimos casos, pero también aquellos como los de Ibn Rushd.

Digámoslo crudamente, ya que después de todo escribimos y recordamos ese encuentro entre los dos maestros, desde nuestro propio siglo e historia.  Uso para ello (pues no es sólo cita sino en efecto ‘uso’), las palabras del filósofo español José Gaos, quien cuando tras afirmar que la esencia de la filosofía era la soberbia, y recibir un recordatorio de que ha habido filósofos creyentes, respondió:

 

“La documentación histórica contra la soberbia como esencia de la filosofía es la documentación de la máscara de la soberbia del soberbio «débil», pues yo no he caracterizado al filósofo exclusivamente por la soberbia, sino además por la «debilidad». Refinamientos como el de la soberbia de la humildad no son nada insólitos a las pasiones humanas, ni extraños para sus buenos conocedores. La cuestión no es aducir apariencias, sino penetrar tras ellas la realidad, más o menos consciente para los sujetos mismos.

Reflexionar teóricamente sobre los valores de la cultura, uno de los cuales sería Dios, según indica V. mismo, podrá presentarse, e incluso sentirse como humildad, pero mi tesis sería ésta: con Dios no hay más relación humilde que la relación propia, la relación religiosa; la relación teórica con Él, en cuanto no religiosa, es ya soberbia…” (primera carta de José Gaos a Francisco Arroyo)

 

Retornando a Ibn Arabi, y a fin de apreciar cómo apreciaba a los filósofos y la filosofía un representante de primer nivel del conocimiento pleno y puro (que Eduardo llamaría esoterismo), traigamos a colación algunos otros hechos.

Cuando llegó a sus manos la obra La Ciudad Ideal, del filósofo islámico al Farabi, Ibn Arabi nos relata lo siguiente:

 

«Vi a un infiel declarar en un libro titulado La Ciudad Ideal —encontré ese libro, que nunca había visto hasta entonces, en casa de uno de mis conocidos en Marchena de los Olivos, empecé a hojearlo para saber de qué hablaba y tropecé con el pasaje siguiente: “Quiero estudiar en este capítulo cómo plantear [la existencia] de una divinidad en el mundo.” ¡No decía “Allah”!.  Me quedé asombrado y arrojé el libro a la cara de su propietario.»

 

Al Farabi, retomando las palabras de Gaos, hizo a un lado la relación propia con Dios para considerar en su escrito simplemente ‘la divinidad’.

En otro episodio, el que muchos consideran maestro por antonomasia del llamado esoterismo islámico, Ibn Arabi, narra asimismo el caso que ocurrió con otro filósofo en su época, de lo cual él fue testigo presencial:

 

Shaykh Ibn Arabi« … Es lo que me sucedió en el curso de una reunión a la cual yo asistía en el año 586 [del cómputo islámico], reunión en que estaba presente cierto filósofo que negaba la profecía tal como la definen los musulmanes, rechazaba los milagros de los profetas y sostenía que las realidades son inmutables (al-haqâ’iq lâ tatbaddal). Eso tenía lugar en invierno, en un tiempo muy frío; teníamos delante de nosotros un gran brasero. Este incrédulo mentiroso explicó que el vulgo pretende [aceptando fielmente el respectivo relato coránico] que Abraham fue arrojado a un fuego que no lo quemó, siendo así que el fuego, por su misma naturaleza, quema necesariamente las materias combustibles; el fuego en cuestión que menciona el Corán en la historia de Abraham [víctima de una orden ejecución por el fuego a cargo del tirano Nemrod] no era, pues [sostenía el filósofo], más que la expresión [simbólica] de la cólera de Nemrod y de su rabia; es decir, era en realidad el fuego de la cólera [...]

Cuando hubo terminado su discurso, uno de los asistentes, que había alcanzado esa estación [la del abandono de los carismas] (…) le dijo: “Eso [señalando el brasero] ¿no es fuego que arde?” “Sí, le respondió: ¡puedes verlo por ti mismo!”

Y le arrojó unas brasas en todo el pecho; éstas se quedaron enganchadas en su ropa y él procedió a arrancarlas con sus manos. Cuando el descreído vio que no le quemaban, se quedó sorprendido y las devolvió al brasero. Después [el hombre] le dijo: “Ahora acerca tu mano al fuego.” La acercó y se quemó. [...] El incrédulo se convirtió y a partir de entonces creyó. »

 

No obstante estos hechos, Ibn Arabi otorgó, para casos distintos al del descreído, un cierto lugar a la filosofía.  Escribió al respecto: “La ciencia del filósofo no es totalmente vana.”

Pero señaló también un claro límite a su valor relativo.

 

“Además, consagrarse a la reflexión [especulativa] es un velo. Hay quienes niegan esto, pero ninguno de los hombres de la Vía lo pone en duda; únicamente los que se dedican a la reflexión especulativa y al razonamiento por inducción (ahl an-nazar wa-l-istidlâl) pretenden lo contrario. Y si algunos de ellos [los filósofos] experimentan estados espirituales, como Platón el Sabio, ello es extremadamente raro, y en ese caso tales filósofos son semejantes a los hombres del desvelamiento y la contemplación”.

 

Cabría aquí señalar de paso, como lo han hecho otros, las diferencias de principio y de naturaleza incluso, hasta cierto punto, entre lo que se observa en Platón, y lo que vino con Aristóteles.

 

ATENAS, JERUSALÉN … Y LA MECA

 

Tras lo anotado, retomemos la idea del texto de Eduardo Hernando.

La historia de la filosofía muestra que el rechazo, derogación, minusvalía, compasión o comprensión filosófica respecto a la fe (como si de compasión o comprensión ‘bona fide’ estuviera necesitada) proviene de la convicción de que el hombre de fe se ha cerrado, de una u otra manera, a la certeza del conocimiento, que se entiende sólo puede provenir de un inquirir completo.

Heidegger ya lo señalaba, cuando habló de la ‘filosofía cristiana’, en Una Introducción a la Metafísica:

“A ‘Christian philosophy’ is a round square and a misunderstanding. There is, to be sure, a thinking and questioning elaboration of the world of Christian experience, i.e, of faith. That is theology. Only epochs which no longer fully believe in the true greatness of the task of theology arrive at the disastrous notion that philosophy can help provide a refurbished theology if not a substitute fort theology, which will satisfy the needs of the time. For the original Christian faith philosophy is foolishness. To philosophise is to ask ‘why are there beings rather than nothing?’ Really to ask the question signifies: a daring attempt to fathom this unfathomable question by disclosing what it summons us to ask, to push our questioning to the very end. Where such an attempt occurs there is philosophy”.

El hombre de fe se defiende diciendo, con justicia, que hay significados y luces que el corazón es capaz de percibir, y con respecto a las cuales el intelecto ensombrecido del ser humano debe reconocer su posición al margen.

Atenas y Jerusalén, los dos polos de una historia en cuyos pilares mismos se encuentran, como posibilidad predefinida trágicamente actualizada en nuestra historia, la ignominia y lo terrible de la subversión nihilista del mundo moderno y contemporáneo.

¿Cómo hallar la solución? ¿Retomando ambas como hermanas, cuando la fisura de esa estructura doble ya ha explotado ante nuestros ojos hace largo tiempo?

El problema, más bien, podría encontrarse en la estructura de la plataforma misma.

En la larga historia islámica del contacto con la sabiduría, paralela y a su vez tan divergente de la occidental cristiana, la situación de fondo, sobre todo tras la irrupción providencial de otro gran maestro gnóstico, el Imam al Ghazzali, frente a una irrupción de Atenas, presentó un viso muy distinto (lo cual sólo ha cambiado, sin haberse modificado empero del todo, no en virtud al Pensamiento sino, y sólo tras varios siglos, en virtud al violentismo de los desgarros abruptos de la penetración colonizadora y posteriormente el globalismo destructivo): un panorama en la civilización, contingencias aparte, de mayor integración, uno en el cual, ante un horizonte decididamente mucho más amplio que la imagen occidental de lo que se aprecia de la sabiduría y por ende de la imagen del ‘verdadero sabio’, los teólogos (cultores del kalam, en árabe) y los filósofos (cultores de la falsafa), reconocen ambos, en esta tríada, su posición modesta.

SimurgLa Gnosis del Imam al Ghazzali o la de Ibn Arabi, o, más estrictamente, la existencia y persistencia histórica de esta gnosis de Dios y de esta contemplación espiritual directa (ma´rifatullah, hablando propiamente) –transmisible, estudiada, metódica, ampliamente descrita, con una cadena de maestros a discípulos, con niveles de realidad y niveles jerarquizados de comprensión a su interior mismo- no podría ciertamente ser definida o englobada, para retomar los términos straussianos, ni como Atenas ni como Jerusalén.  Pero este tercer elemento establece una lógica y dinámica muy distinta a la tensión que se mostró al fin desgarrante de los otros dos elementos dejados a sí mismos.

La obra maestra sin par de lo que algunos llaman el esoterismo islámico, las Futuhat al Makkiya de Ibn Arabi, tiene por traducción precisamente ‘las Iluminaciones de la Meca’, pues fue circunvalando la Meca cuando el autor recibió las profusas iluminaciones que describe. Un texto y obras totalmente distintos a la teología o la filosofía.  Podría decirse, me anticipo, que la ‘filosofía’ que debe entenderse como el esoterismo en la fórmula de Eduardo no es precisamente la de las aulas universitarias, la racionalista, sino otra más bien ‘tradicionalista’. Pero también respecto a esto la obra de Ibn Arabi, y la de los maestros de la ma’rifatullah o gnosis, son radicalmente distintas.  No son, como veremos a continuación, una clase especial de especulación –o como quiera llamársele mejor- de cuño metafísico, simbolista, comparatista, defensora de lo sagrado, como lo son, en puridad, las reflexiones y especulaciones de corte guenoniano, evoliano, schuoniano, et alia.

Lo que podemos denominar genéricamente como la plataforma del horizonte del conocimiento en el Islam, si bien tiene entre sus componentes estructurales aquello que straussianamente podría llamarse Atenas y Jerusalén, tiene, y es lo que hemos querido recalcar, un pilar central, pivotal.  Propiamente, para continuar con la designación –no al azar- de ciudades, y haciendo honor a la obra akbariana y al fundamento de la ma’rifatullah: frente a Atenas y Jerusalén, la Meca.  O, de modo más islámico (ya que Jerusalén en las menciones de Strauss adquiere sentido por relación con el judeocristianismo): Atenas, la Meca visible y, recordando las palabras de nuestro amado Profeta, que la describió: la Meca Celeste.

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No se pretende decir con todo lo anterior, para solucionar la tensión histórica, el desgarro, el desastre del nihilismo, en el Occidente contemporáneo, hayan de participar todos en la Gnosis. Sería un absurdo. Del mismo modo que se da por aceptado que no todos deben ser filósofos. Si bien, en la plataforma alterna del conocimiento descrita, Atenas y la Meca Celestial, en el viaje, parten de (la nueva) Jerusalén: parten de la Meca terrestre.

No es igual, ni para el individuo, las corrientes de pensamiento o la sociedad, filosofar desde Atenas teniendo al frente sólo a Jerusalén, que hacerlo, como muestra el encuentreo de Ibn Rushd y la historia de la falsafa (filosofía) después de al Ghazzali, cuando nos visita, incluso esporádicamente, un miembro de la Meca en lo Alto.

La presencia o la ausencia de este Conocimiento Sapiencial (que no filosofía; ni siquiera el denominado pensar ‘tradicionalista’), marca –en el plano del movimiento del pensamiento – la diferencia entre la integración o el conflicto.

Por decirlo de esta manera: Cuando De Maistre escribía, no tenía al frente a ningún Conocedor, ni siquiera cuando, en su época masónica, se preguntaba respecto a los Superiores Desconocidos  que, en efecto, le eran desconocidos.  Se aferró sólo a Jerusalén.

Pero un Conocedor, cuando nos cruza al frente, efectúa desde su estación, una labor de presencia suficiente para garantizar la persistencia del orden y comunica –pues le es comunicado- el Centro Invariable.

 

LAS ESTACIONES DEL CONOCEDOR

 

Dejamos las últimas palabras al Shaykh al Akbar.

Antes de abandonar el Maghreb, en su periplo hacia las tierras orientales del Islam, escribió:

“La razón que me condujo a declamar poesía es que vi en un sueño a un ángel que vino hacia mí con un fragmento de luz blanca, como si fuera un fragmento de la luz del sol. ‘¿Qué es eso?’ pregunté. La respuesta llegó: ‘Es la sura [capítulo del Corán] al-Shu‘arâ [Los Poetas]’. Yo me la tragué, y sentí una bola de pelo subiendo por mi pecho hasta mi garganta, y después hasta mi boca. Era un animal con cabeza, lengua, ojos y labios. Entonces se expandió hasta que su cabeza ocupó los dos horizontes –tanto oriente como occidente. Después se contrajo y regresó dentro de mi pecho. Y entonces supe que mis palabras llegarían hasta el oriente y el occidente. Cuando volví en mí, declamé versos que no procedían de la reflexión ni de ningún proceso intelectual en absoluto. Desde entonces, esta inspiración no ha cesado jamás.”

Y en las Iluminaciones de la Meca, nos dice:

«La servidumbre es sumisión total y pura, de conformidad con la esencia misma de la naturaleza del siervo (dzatiyya li‑l‑’abd). [ ... ] únicamente la realizan los que habitan la Vasta Tierra de Allah que contiene lo contingente (hudût) y lo eterno (qidam). Es la Tierra de Allah, el que mora allí ha realizado la verdadera servidumbre con respecto a Él; a tal creyente Allah lo adjunta a Sí mismo, pues Él dijo: “Oh Mis siervos que créeis, Mi Tierra es vasta, adoradme pues” (Sagrado Corán 29:57), aludiendo con ello a esa Tierra de la que hablamos. Yo mismo adoro allí a Allah desde el año 590 [del cómputo islámico], y ahora estamos en el 635. Esa Tierra es imperecedera e inmutable; es por eso por lo que Allah ha hecho de ella la morada de Sus siervos y el lugar de Su adoración [ ... ]. Es una Tierra espiritual, inteligible y no sensible (ard ma ‘nawiyya ma’qûla gayr mahsûsa)… ».

Wa min Allahu Tawfiq.

 

Tumba de Ibn Arabi (qs), en Salihiyya, Damasco

Tumba de Ibn Arabi (qs), en Salihiyya, Damasco

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SOBRE LAS CITAS

Para las citas de Ibn Arabi presentadas aquí, nos hemos valido de:

-       Ibn Arabi, maestro espiritual de Oriente y Occidente. De: Stephen Hirtenstein. Revista Alif Nûn n° 67, enero de 2009.

-       Ibn Arabi o la búsqueda del azufre rojo. De: Claude Addas. Según texto en español en la página de webislam.

-       El encuentro entre Averroes e Ibn Arabi. Zawiya. Boletín electrónico N° 47 – 02/2006.

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Imam al-Ghazzali

Imam al-Ghazzali

El Imam Abu Hamid Muhammad al-Ghazzali (1058-111) [o `Algacel´, como se le conoce en textos  de filosofía en Occidente], que Allah esté complacido con él, es uno de los Maestros más célebres del Islam por su importancia en el desarrollo de lo que gruesa y confusamente se suele denominar el ‘pensamiento islámico’. 

Quienes estudian la mal denominada filosofía islámica en Occidente quizá nunca llegan a percibir que al-Ghazzali ni fue ni quiso ser filósofo ni un pensador ‘original’, sino simplemente un siervo de Dios, un wali o Santo de Dios, que respondió fielmente desde el depósito sagrado de la Revelación intacta del Islam, en su propio tiempo, a los desafíos del racionalismo y la incredulidad.  Fue defensor de la fe, un arifbillah o gnóstico (en el sentido únicamente etimológico del término) y por ello en el mundo islámico se le conoce también como Hujjat-ul Islam o la Prueba del Islam.

Sin embargo, la profundidad intlectual innegable y vigorosa de su obra, reflejo de la profundidad de su conocimiento experiencial o sufi de la profundidad del Islam, hizo de él un antes y un después histórico en la clarificación y protección respecto a lo que eran signos de racionalismo e incredulidad filosófica en el mundo culto de su época.

Hoy aquello a lo que él se enfrentó, domina con hegemonía superlativa el estado del mundo contemporáneo occidental, y desde allí ha venido penetrando velozmente diversas zonas del mundo islámico.

Sigue por ende siendo de actualidad descubrir cómo respondió a aquel mal.  Y, más aún, saber que la fuente de la que bebió sigue intacta y viva: la sapiencialidad del sufismo de los awliya, el sir o ’secreto’ de los shaykhs sufis por el cual el Islam, a pesar del invierno del mundo, tiene raíces imperecederas y un jardín frondoso contenido en sí.

Citamos a continuación las palabras de este conocedor directo de la razón y de los mundos de la Luz, en los reinos del inmenso espíritu, frente a lo cual la razón constituye apenas una débil presencia ontológicamente dependiente y menor.

* * * * * * *

De su obra al-Munqid min ad-dalâl o Liberación del Error:

“Allah es la luz de los cielos y la tierra. Su luz es como una hornacina en la que hay una lámpara; la lámpara está dentro de un recipiente de vidrio que parece un astro radiante. Se enciende gracias a un árbol bendito, un olivo, ni oriental ni occidental, cuyo aceite casi alumbra sin que lo toque el fuego. Luz sobre luz.

Allah guía hacia Su luz a quien quiere.

Allah llama la atención de los hombres con ejemplos y Allah es omnisciente de toda cosa”.

(Sagrado Corán, XXIV, 35).

El examen de mis conocimientos me demostró, no obstante, que estaba desprovisto de este género de ciencia cierta, salvo en lo que concierne a los datos sensibles y a las necesidades de la razón.

Me entregué entonces a la desesperación, encontrándome incapaz de abordar otros problemas que las evidencias, las del sentido y las de la razón. Debía claramente discernir la naturaleza de mi confianza en los datos sensibles y de mi seguridad de estar al abrigo del error en las necesidades de la razón. ¿Son estos sentimientos análogos a los que experimentan la mayoría de las personas con respecto a los conocimientos especulativos? ¿Se trata, por el contrario, de una certeza sin ilusión ni sorpresa?

Me impuse entonces considerar los datos sensibles y las necesidades de la razón, intentando ponerlos en duda. Llegué así a perder la fe en los datos sensibles. Y esta duda me invadía, formulándose así:

¿Cómo fiarse de los datos sensibles? La vista, a pesar de ser el principal de nuestros sentidos, fijándose en una sombra la cree inmóvil y petrificada y concluye que ésta no se mueve. Al cabo de una hora de observación experimental, descubre que esa sombra se ha desplazado, no de una vez, sino progresivamente, poco a poco, de forma que jamás ha dejado de desplazarse. El ojo mira una estrella: la ve reducida al tamaño de un dinâr, mientras que los argumentos matemáticos muestran que ese astro es más grande que la tierra. He aquí el ejemplo de los datos sensibles con respecto al cual un órgano de los sentidos aporta un juicio allí donde la razón ve aparecer un innegable error.

No hay seguridad, me dije entonces, ni siquiera en los datos sensibles. ¿Quizá la haya en los datos racionales, que forman parte de las nociones primeras? Por ejemplo: diez es mayor que tres; negación y afirmación no pueden coexistir en un mismo sujeto; nada en este mundo puede ser a la vez creado (hâdith, acontecimiento) y eterno, existente e inexistente, necesario e imposible.

He aquí la respuesta de los datos sensibles: ¿estás seguro -me dicen ellos- de que no pones, en las necesidades de la razón, el mismo género de confianza que el que ponías en los datos sensibles? Tenías fe en nosotros, pero llegó la razón y nos tachó de ser un error. Sin ella, habrías mantenido tu confianza en nosotros. Pero, ¿no habrá, más allá de la razón, otro juicio cuya aparición convencería del error a la razón misma, del mismo modo que ella hizo respecto a los sentidos? Que tal inteligencia no se manifieste no prueba que sea imposible…

Me quedé sin palabras. La dificultad me pareció de la misma naturaleza que el problema del sueño. Me dije entonces que durmiendo se cree en muchas cosas y uno se ve en toda clase de situaciones; se cree firmemente en ellas, y sin la menor duda. Pero al despertar nos damos cuenta de su inconsistencia, de la inanidad de los fantasmas de la imaginación. Uno puede interrogarse, igualmente, sobre la realidad de las creencias adquiridas por los sentidos o por la razón. ¿No se podría imaginar un estado que fuera, para la vigilia, lo que ésta es para el sueño? La vigilia sería entonces el sueño de ese estado, y este último demostraría bien que la ilusión del conocimiento racional no es más que vana imaginación.

Este estado sería quizá también el que los sûfî reclaman para sí. Aseguran que absorbiéndose en sí mismos y haciendo abstracción de sus sentidos se encuentran en un estado de alma que no concuerda con los datos racionales.

¿Quizá este estado no sea otro que la Muerte? ¿no ha dicho el Profeta: “los hombres están dormidos; y muriendo (cuando mueren) se despiertan”? La vida en este mundo es quizá un sueño, comparada con la del más allá. Tras la muerte, las cosas aparecen bajo una luz diferente, y, como se dice en el Libro (Qur’ân al-karim): “Te hemos quitado el velo y tu vista hoy es aguda” (Qur’ân al-karim, L, 22).

Cuando estos pensamientos llegaron a mi espíritu me atormentaron. En vano intenté poner remedio. Sólo podía ocultarlos el razonamiento, que lamentablemente no es posible más que recurriendo a los conocimientos primeros.

El mal empeoró y se prolongó durante dos meses, durante los cuales me encontré frente al “sofisma” (safsata). Era éste mi estado de alma real, aunque nada se transparentaba en mis palabras. Finalmente, Allah me sanó y recobré la salud y el equilibrio mental. Los datos racionales necesarios volvieron a ser aceptables; puse mi confianza en ellos, me encontré seguro y en la certeza. No llegué a ello por razonamientos bien ordenados, o por discursos metódicamente dispuestos, sino por medio de una Luz que Allah ha proyectado en mi pecho. Esta luz es la clave de la mayoría de los conocimientos. Quien cree que el “desvelamiento de la verdad” es fruto de argumentos bien ordenados limita la inmensa misericordia divina.

El Enviado de Allah fue interrogado sobre la “dilatación” espiritual y el sentido según el cual debe entenderse la sentencia de Allah: “A quien Allah quiere dirigir, le abre el pecho para el Islam” (Corán, VI, 125).

Él dijo: “es una luz que Allah proyecta en el corazón”. “¿Para que se reconozca?” le preguntaron. Él respondió: “Para que huya de toda vanidad y vuelva a la Eternidad”. Es Muhammad también quien dice: “Allah creó al hombre en las tinieblas, y después le roció con su luz”. La revelación debe ser requerida a esta luz; ella brota en ciertas circunstancias del fondo de la bondad divina; es preciso acecharla, según la sentencia de Muhammad: “Ocurre que vuestro Señor os envía sus hálitos en ciertos días de vuestra vida; exponeos entonces a esos hálitos”.

Ext. de la traducción francesa de “Al-munqid min addalâl” (La delivrance de l’erreur o La liberación del error), 2ª parte, Publications du Waqf Ikhlâs, Hakîkat Kitabevi, Darüssefaka Cad. No. 57/A P.K. 35, 34262, Fatih, Istambul (Turk.), 1992 (2ª ed.)

 

A propósito de un invitado que quería viajar a la India, Mawlana Shaykh Nazim habla acerca de las denominadas filosofías orientales, así como acerca de las filosofías racionalistas occidentales.

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“Aquí tenemos una grabadora.  Ahora la gente las hace fácilmente, pero al principio tenían que descubrirse los principios con mucho trabajo duro.  Ahora ya no es necesario que una persona que una las piezas entienda esos principios. 

¿Filosofías India y China?  Debemos buscar el mejor camino hoy en día en este mundo, y no pueden encontrar algo mejor que el Sufismo en el Islam.  Todos los bienes indicados`por las religiones previas se hallan de una manera más completa en el Sufismo.

racionalismo¿Para qué es la filosofía?  Si hay una respuesta [para algún asunto], entonces todos los filósofos deben estar de acuerdo en esa respuesta.  Si el significado de la filosofía [lo que dicen las filosofías] varía, no es una base sobre la que puedas erigir un edificio.  Las filosofías tienen  tantos significados distintos en cada mente, en cada país y en cada siglo.  Se van del centro hacia afuera, no del exterior al centro.  Nosotros buscamos el centro como nuestro principal objetivo.

No puedes hallar un objetivo principal entre los filósofos.  Su tono cambia dependiendo de si tienen un estómago lleno o uno vacío, del día a la noche, de la juventud a la vejez; siempre en cambio.

No hay filosofía en el Islam.  En Islam hay realidad: “la ilaha illa llah, Muhammadan rasula llah”, no hay más dios que Allah, Muhammad es el Mensajero de Allah.

Los filósofos están aprisionados en sus mentes.  Nosotros debemos terminar con la muralla que la mente nos pone al frente.  En nosotros mismos y en la vida externa hay tantas cosas que es imposible que la mente explique.  Así pues, debemos creer que para un entendimiento, nuestras mentes no son suficientes.  luz_del_mundo

Debemos usar poderes espirituales.  Tenemos espíritus, tenemos vidas, y no podemos explicar el secreto de ello, o de la muerte.  Hechos reales que no puedes negar.  ¿Cuál es el secreto? ¿Pueden explicarlo?  Pero la vida existe.  El hombre está orgulloso de sus conocimientos que son como una gota en un océano. 

Debemos aceptar a los Profetas.  Todo en nuestra vida se dirige hacia el desarrollo y la mejora.  No estamos estudiando hoy los principios de las primeras máquinas.  ¿Acaso no ha habido desarrollo en 4,000 años?  ¿Para qué buscas a los místicos hindúes cuando tienes frente a ti al camino más desarrollado?”.

De la compilación de discursos: Océanos de Misericordia, Volumen 2.

 

basmalah

Al-Fikr al-Islami podría traducirse como Pensamiento Islámico o Reflexiones Islámicas.

Mezquita de Córdoba

El primer sentido de Fikr, sin embargo, como explica Mawlana Shaykh Nazim, gran maestro de la espiritualidad islámica del sufismo, es el de la reflexión activa y vigilante acerca de nuestra situación, nuestros deberes, nuestra condición y nuestro caminar.

En este blog insha’Allah, Dios mediante, se hablarán de muchos asuntos de ayer, de hoy y de siempre, incluyendo numerosas veces asuntos referidos a problemáticas del pensamiento contemporáneo pero, a diferencia del pensamiento moderno o post-moderno contemporáneo, el Fikr es Islami, es islámico.  El punto de partida y el punto de llega del ser humano está en su Señor, alabado sea, y la inteligencia que no reconoce a su Señor y admite nuestra condición de siervos Suyos ha sufrido un desperfecto esencial.

No hay pues, ‘pensamiento personal’ ni mucho menos filosofía personal. Y esto se aplica en muchos sentidos: primero, en el sentido de que no hay un esfuerzo por la ‘originalidad’ ni la ‘novedad’ como bienes (fatuos) en sí mismos. Tampoco existe la suposición falsa de que nuestra sola razón se erija en el trono de la autoridad última, pues dejar a la razón a sí misma es como dejar a un invididuo a mitad de un desierto en medio de una tormenta de arena. La razón no es sino un aspecto más de nuestra integralidad, de nuestra inmensa y multidimensional integralidad que llamamos epitelialmente ‘el yo’, y nuestra fuente viene desde Allah, Exaltado y Alabado sea.

Por último, tampoco hay, o se hará el esfuerzo posible, de que no haya rebeldía, a’udhubillah, contra nada de lo que nos muestran quienes sí son conocedores consagrados por intelección directa y alumbrada, completa y serena, de las Realidades.

Hay sólo un intento, de hombre de a pie a hombre de a pie, de recibir lo transmitido e intentar comprender los desafíos y problemas de hoy sobre la fidelidad a esa base, abriendo a la reflexión asuntos que las falacias y los engaños de esta época nublan, confunden o distraen, según el grado respectivo, a las mentes.

Fidelidad a la base, se ha dicho. La base Noble y eterna traída desde el Altísimo, exaltado sea, por el Mensajero y Amado de Dios, Sayyiduna Muhammad, que la bendición y la paz de Dios sean con él y con todos sus hermanos, los Enviados precedentes, y venida desde él a través de una cadena de maestros de conocimiento que llega hasta la actualidad.

El autor de las líneas que se escriban en este blog no puede más que permanecer en un estado de asombro y admiración permanente ante aquel a quien osa llamar su maestro, su shaykh, Shaykh Abdul Kerim Effendi, quien a su vez tiene por maestro al Maestro inmenso, el Wali de la época, el Gran Shaykh, Mawlana Shaykh Nazim al Haqqani, el Polo espiritual, exponente fiel y autoritativo de la enseñanza inagotable del Profeta Muhammad (saaws) para esta época.

La Ghaliba Illa’Allah

As salam alaikum