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Archive for the ‘Agnosticismo’ Category

basmalah7

Imam al-Ghazzali

Imam al-Ghazzali

El Imam Abu Hamid Muhammad al-Ghazzali (1058-111) [o `Algacel´, como se le conoce en textos  de filosofía en Occidente], que Allah esté complacido con él, es uno de los Maestros más célebres del Islam por su importancia en el desarrollo de lo que gruesa y confusamente se suele denominar el ‘pensamiento islámico’. 

Quienes estudian la mal denominada filosofía islámica en Occidente quizá nunca llegan a percibir que al-Ghazzali ni fue ni quiso ser filósofo ni un pensador ‘original’, sino simplemente un siervo de Dios, un wali o Santo de Dios, que respondió fielmente desde el depósito sagrado de la Revelación intacta del Islam, en su propio tiempo, a los desafíos del racionalismo y la incredulidad.  Fue defensor de la fe, un arifbillah o gnóstico (en el sentido únicamente etimológico del término) y por ello en el mundo islámico se le conoce también como Hujjat-ul Islam o la Prueba del Islam.

Sin embargo, la profundidad intlectual innegable y vigorosa de su obra, reflejo de la profundidad de su conocimiento experiencial o sufi de la profundidad del Islam, hizo de él un antes y un después histórico en la clarificación y protección respecto a lo que eran signos de racionalismo e incredulidad filosófica en el mundo culto de su época.

Hoy aquello a lo que él se enfrentó, domina con hegemonía superlativa el estado del mundo contemporáneo occidental, y desde allí ha venido penetrando velozmente diversas zonas del mundo islámico.

Sigue por ende siendo de actualidad descubrir cómo respondió a aquel mal.  Y, más aún, saber que la fuente de la que bebió sigue intacta y viva: la sapiencialidad del sufismo de los awliya, el sir o ‘secreto’ de los shaykhs sufis por el cual el Islam, a pesar del invierno del mundo, tiene raíces imperecederas y un jardín frondoso contenido en sí.

Citamos a continuación las palabras de este conocedor directo de la razón y de los mundos de la Luz, en los reinos del inmenso espíritu, frente a lo cual la razón constituye apenas una débil presencia ontológicamente dependiente y menor.

* * * * * * *

De su obra al-Munqid min ad-dalâl o Liberación del Error:

“Allah es la luz de los cielos y la tierra. Su luz es como una hornacina en la que hay una lámpara; la lámpara está dentro de un recipiente de vidrio que parece un astro radiante. Se enciende gracias a un árbol bendito, un olivo, ni oriental ni occidental, cuyo aceite casi alumbra sin que lo toque el fuego. Luz sobre luz.

Allah guía hacia Su luz a quien quiere.

Allah llama la atención de los hombres con ejemplos y Allah es omnisciente de toda cosa”.

(Sagrado Corán, XXIV, 35).

El examen de mis conocimientos me demostró, no obstante, que estaba desprovisto de este género de ciencia cierta, salvo en lo que concierne a los datos sensibles y a las necesidades de la razón.

Me entregué entonces a la desesperación, encontrándome incapaz de abordar otros problemas que las evidencias, las del sentido y las de la razón. Debía claramente discernir la naturaleza de mi confianza en los datos sensibles y de mi seguridad de estar al abrigo del error en las necesidades de la razón. ¿Son estos sentimientos análogos a los que experimentan la mayoría de las personas con respecto a los conocimientos especulativos? ¿Se trata, por el contrario, de una certeza sin ilusión ni sorpresa?

Me impuse entonces considerar los datos sensibles y las necesidades de la razón, intentando ponerlos en duda. Llegué así a perder la fe en los datos sensibles. Y esta duda me invadía, formulándose así:

¿Cómo fiarse de los datos sensibles? La vista, a pesar de ser el principal de nuestros sentidos, fijándose en una sombra la cree inmóvil y petrificada y concluye que ésta no se mueve. Al cabo de una hora de observación experimental, descubre que esa sombra se ha desplazado, no de una vez, sino progresivamente, poco a poco, de forma que jamás ha dejado de desplazarse. El ojo mira una estrella: la ve reducida al tamaño de un dinâr, mientras que los argumentos matemáticos muestran que ese astro es más grande que la tierra. He aquí el ejemplo de los datos sensibles con respecto al cual un órgano de los sentidos aporta un juicio allí donde la razón ve aparecer un innegable error.

No hay seguridad, me dije entonces, ni siquiera en los datos sensibles. ¿Quizá la haya en los datos racionales, que forman parte de las nociones primeras? Por ejemplo: diez es mayor que tres; negación y afirmación no pueden coexistir en un mismo sujeto; nada en este mundo puede ser a la vez creado (hâdith, acontecimiento) y eterno, existente e inexistente, necesario e imposible.

He aquí la respuesta de los datos sensibles: ¿estás seguro -me dicen ellos- de que no pones, en las necesidades de la razón, el mismo género de confianza que el que ponías en los datos sensibles? Tenías fe en nosotros, pero llegó la razón y nos tachó de ser un error. Sin ella, habrías mantenido tu confianza en nosotros. Pero, ¿no habrá, más allá de la razón, otro juicio cuya aparición convencería del error a la razón misma, del mismo modo que ella hizo respecto a los sentidos? Que tal inteligencia no se manifieste no prueba que sea imposible…

Me quedé sin palabras. La dificultad me pareció de la misma naturaleza que el problema del sueño. Me dije entonces que durmiendo se cree en muchas cosas y uno se ve en toda clase de situaciones; se cree firmemente en ellas, y sin la menor duda. Pero al despertar nos damos cuenta de su inconsistencia, de la inanidad de los fantasmas de la imaginación. Uno puede interrogarse, igualmente, sobre la realidad de las creencias adquiridas por los sentidos o por la razón. ¿No se podría imaginar un estado que fuera, para la vigilia, lo que ésta es para el sueño? La vigilia sería entonces el sueño de ese estado, y este último demostraría bien que la ilusión del conocimiento racional no es más que vana imaginación.

Este estado sería quizá también el que los sûfî reclaman para sí. Aseguran que absorbiéndose en sí mismos y haciendo abstracción de sus sentidos se encuentran en un estado de alma que no concuerda con los datos racionales.

¿Quizá este estado no sea otro que la Muerte? ¿no ha dicho el Profeta: “los hombres están dormidos; y muriendo (cuando mueren) se despiertan”? La vida en este mundo es quizá un sueño, comparada con la del más allá. Tras la muerte, las cosas aparecen bajo una luz diferente, y, como se dice en el Libro (Qur’ân al-karim): “Te hemos quitado el velo y tu vista hoy es aguda” (Qur’ân al-karim, L, 22).

Cuando estos pensamientos llegaron a mi espíritu me atormentaron. En vano intenté poner remedio. Sólo podía ocultarlos el razonamiento, que lamentablemente no es posible más que recurriendo a los conocimientos primeros.

El mal empeoró y se prolongó durante dos meses, durante los cuales me encontré frente al “sofisma” (safsata). Era éste mi estado de alma real, aunque nada se transparentaba en mis palabras. Finalmente, Allah me sanó y recobré la salud y el equilibrio mental. Los datos racionales necesarios volvieron a ser aceptables; puse mi confianza en ellos, me encontré seguro y en la certeza. No llegué a ello por razonamientos bien ordenados, o por discursos metódicamente dispuestos, sino por medio de una Luz que Allah ha proyectado en mi pecho. Esta luz es la clave de la mayoría de los conocimientos. Quien cree que el “desvelamiento de la verdad” es fruto de argumentos bien ordenados limita la inmensa misericordia divina.

El Enviado de Allah fue interrogado sobre la “dilatación” espiritual y el sentido según el cual debe entenderse la sentencia de Allah: “A quien Allah quiere dirigir, le abre el pecho para el Islam” (Corán, VI, 125).

Él dijo: “es una luz que Allah proyecta en el corazón”. “¿Para que se reconozca?” le preguntaron. Él respondió: “Para que huya de toda vanidad y vuelva a la Eternidad”. Es Muhammad también quien dice: “Allah creó al hombre en las tinieblas, y después le roció con su luz”. La revelación debe ser requerida a esta luz; ella brota en ciertas circunstancias del fondo de la bondad divina; es preciso acecharla, según la sentencia de Muhammad: “Ocurre que vuestro Señor os envía sus hálitos en ciertos días de vuestra vida; exponeos entonces a esos hálitos”.

Ext. de la traducción francesa de “Al-munqid min addalâl” (La delivrance de l’erreur o La liberación del error), 2ª parte, Publications du Waqf Ikhlâs, Hakîkat Kitabevi, Darüssefaka Cad. No. 57/A P.K. 35, 34262, Fatih, Istambul (Turk.), 1992 (2ª ed.)

 

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