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En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

Desde hace unos meses atrás, venimos observando en ciertas esferas un cruce e intercambio (de todos los tonos y matices) de ideas o reflexiones en torno a conceptos tales como tradición, secularismo, conservadurismo, metapolítica, liberalismo, pensamiento único, pensamiento reaccionario, paleoconservadurismo, etc.

Recientemente, un post escrito por un joven y agudo politólogo y profesor de la PUCP ha vuelto en parte sobre este universo conceptual, al recordarnos, sobre este trasfondo, ciertas reflexiones de Von Hayek en torno a conservadurismo y liberalismo.

Von Hayek se aleja del conservadurismo y escribe una crítica al mismo.

Cabe comentar al respecto algunas cosas desde nuestras canteras.

Extraemos dos frases del autor vienés:

“(…) la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente”.

Éste es más o menos el leit motiv de algunas de las críticas contra lo que se ha denominado el pensamiento reaccionario, pensamiento tradicionalista, o el ímpetu de que la religión recupere un espacio crucial en la política.

Otra idea:

“Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas”.

Ahora bien, siempre me han sorprendido algunas cosas:

¿Por qué se acusaría a una directriz religiosa para una sociedad, como la que manifiestamente abrazamos los musulmanes, de no querer la mutación, el cambio?

Hoy en día quizá, y de seguro dentro de las religiones, nadie mantiene mayor fuerza vital y más viva el ansia de cambio que precisamente el Islam. 

En cuanto a otras religiones o estilos ‘espirituales’, los banqueros, los yuppies y Wall Street, pueden sentirse contentos con los ejercicios de ‘meditación yoga’ o repitiendo ommm, y visitando a gurús o lamas en la India periódicamente (para los más ‘comprometidos’ y sensibles).

Las voces cristianas o con formación judaica de protesta (por ejemplo, Noam Chomsky), pueden señalar con crudeza aspectos terribles del orden contemporáneo pero es patente el carácter proteico y volátil de sus genéricas propuestas de cambio (menos capital, más amor; menos egoísmo, más solidaridad; no a la deuda externa, condonación), lo cual se origina después de todo, en el hecho de que, en la historia del Logos, hay todavía un nexo esencial, a su pesar quizá muchas veces, que vincula ‘ontológico-genéticamente’ a tales voces con las raíces profundas del actual orden de cosas (1).

¿Cómo podría acusarse, en este panorama, de temor al cambio en el Islam?

Por el contrario, el cambio que se reclama es severa y largamente profundo, dramática y abisalmente renovador, para eliminar un severo coma espasmódico del mundo contemporáneo.

Frente a este cambio urgido, las controversias izquierda-derecha, liberales-conservadores, republicanos-demócratas, verdes o socialdémocratas parecen, bajo el prisma de la perspectiva histórica, cambios minúsculos destinados a mantener el cuerpo moribundo. 

Podrán no querer ese cambio, pero no decir que no queremos un cambio.  Y la oposición a nuestro cambio es ya otro asunto.  Esa oposición al cambio es característica en la historia del rechazo de los Mensajes Divinos.

Teniendo en cuenta que nuestra historia no empezó hace un siglo, y que en los siglos que tenemos registrados, la historia ha sido largamente más bien religiosa (religiosamente señalada) que irreligiosa, la oposición al cambio religioso es una oposición que tiene también larga data.  No hay nada, en radicalidad, últimamente novedoso en el secularismo.  In nuce, Hayek es bastante viejo.

Ahora bien, identificar esencialmente a una religión políticamente activa con una defensa de un estatus quo sino actual en todo caso previo, por otro lado, es asimismo una malcomprensión seria.

El cristianismo no tiene -medievalismos frágiles aparte- historia real que defender del pasado, por lo que su voz crítica (haciendo abstracción de las voces hegemónicas cristianas más o menos ‘aggiornadas’ insuficientes incluso en su crítica) adquiere más bien el carácter de una utopía.

En cuanto al Islam, ciertamente tenemos una historia que defender, admirar y que incluso adquiere valor normativo sacro para nosotros: la historia de la primera sociedad, economía y estados islámicos reales, históricos, establecidos por no menos que nuestro Profeta (la bendición y la paz de Dios sean con él) y continuada por sus cuatro más grandes e íntimos Compañeros inmediatamente después de él (los Cuatro Califas Rectos).

Pero esa historia, siendo historia, es a su vez ‘contra-historia’.

Mas contra-historia que, a diferencia de la utopía, condenada a la pobreza del límite del raciocinio y del saber (distinto al mero raciocinio) y la contingencia del utopista respectivo, plantea una plataforma sólida de evaluación y de llamado al permanente cambio.

 Muchos de los más grandes hombres en la ortodoxia del Islam, sabios (‘ulama) y/o gnósticos (awliya), han debido apartarse del estatus quo de sus sociedades respectivas, exteriormente islámicas,  o sufrir incluso persecuciones por detentores temporales del poder, precisamente por la radicalidad permanente del cambio religioso.

No hay creyente, nos dice el Enviado de Dios en el Islam, cuyo mañana sea igual a hoy, o su día presente sea igual a ayer … si en verdad es creyente.

El primer cambio que exige un portador de la sapiencialidad islámica es precisamente: a los mismos musulmanes.

Un cambio largo, inagotable, una lucha permanente.

Frente a esto, la renovación social progresista o liberalista, sinceramente, es tan espiritualmente desvalida que se integra a la interminable historia de auto-engaños de perpetuación del ego.

 La clave para comprender las críticas anotadas de Hayek y similares, no es por tanto si se quiere o no cambio, sino qué se quiere, en definitiva, con el cambio.

Librados a una imagen de sí mismos (del ser humano) harto empequeñecida (frente al universo espiritual y ontológico de los océanos reales en el corazón del ser humano que advienen a la manifestación en la Vía de un Enviado (2)), los liberales (incluso aquellos si acaso externa u ornamentalmente aún creyentes) parecen quedar horizontalmente atónitos y hechizados ante cada o casi cada sucesiva imagen al frente, “atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución” (Hayek).  Admiran, se diría, la fuerza de las transformaciones sucesivas inagotables horizontales.  Pero no tienen siquiera idea de las aún más poderosas transformaciones sucesivas inagotables verticales.

Como dijo un islamólogo y pensador contemporáneo, S.H. Nasr:

Hoy en día a menudo se nos dice que tenemos que estar a la altura de los tiempos. Raramente se pregunta a la altura de qué deben estar «los tiempos».

Lo que hoy se llama «los tiempos» es en gran medida un conjunto de problemas y dificultades creados por la ignorancia en que está el hombre sobre su naturaleza real y por su terca determinación a «vivir sólo de pan».

El liberalismo enabola la libertad, como si le fuera casi su patrimonio.

Pero así como ocurre con el cambio, hay también un falseamiento semántico del contrario, para implicar que otra opción es coartar la libertad.

Si por el contrario, aquellos que queremos una libertad real, no podemos cejar en el esfuerzo de evitar que las sociedades institucionalicen estructuras que si algo garantizan es la perperuación de la esclavitud del espíritu al animal ego, pretendiendo arrastrarnos por su fuerza en ello.

Sociedades ‘horizontales’ (como los hombres ciegos en la caverna de Platón) cuyos beneficiarios se contentarán, por supuesto, o con el american way of life, o bien diciendo ‘ommm’, o, como Ira Rennert, el billonario dueño de Doe Run, promoviendo quiebras de empresas, con la desgracia de miles, a cambio de la ‘buena conciencia’ formada mediante cosmética filantropía (como aquella, tan sensible, de la donación de Torahs para yeshivas en Israel, a petición de su rabino).

Wa min Allahu Tawfiq

 

Nureddin Cueva García

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 NOTAS

(1)    “En la civilización cristiana, la ley que gobernaba a la sociedad humana no disfrutaba de la misma sanción divina que las enseñanzas de Jesús. De hecho, esta falta de Ley Divina en el Cristianismo habría de desempeñar un papel nada despreciable en la secularización que tuvo lugar en el Renacimiento y la revuelta gradual y cada vez más acelerada en las esferas políticas y sociales que a través de sucesivas etapas se produjeron en la historia de Occidente dejándolo en un abandono auto-aceptado, institucionalizado y ‘legalmente protegido’ de la conexión tradicional de los gobiernos y las sociedades con Dios, o, como se pasó a denominar, la separación de iglesia (religión) y estado”.

(Del artículo: Seguir la Ley Sagrada o estar a la Altura de los Tiempos)

(2)    “Tenemos un secreto detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos.  Todos esos secretos están ocultos para que ustedes los encuentren; sin embargo, ustedes desperdician su tiempo, su vida y su edad con acciones sin sesntido” (Mawlana Shaykh Nazim, sohbet en Suiza del 15 de julio de 1985).

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