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Archive for the ‘Filosofía del lenguaje’ Category

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

 

I

Hace poco un antiguo compañero de universidad, actualmente catedrático de Derecho en una universidad bastante conocida en Lima, profundamente ateo, me hizo un comentario muy especial.  Vestido yo con el kufi de musulmán, como en efecto estaba, demás está decir que mis convicciones religiosas se expresaban por sí mismas.

Le hablé de un grupo de personas con los que me reuní algunas veces, personas que estaban leyendo algunos textos muy polémicos y a contra corriente en asuntos de teoría política, metapolítica o filosofía política (o simplemente relevantes para esos tópicos).

Fuzzy LogicPor su parte, él me estuvo contando su propia experiencia académica de los últimos años, una experiencia e investigación activa en los análisis de la formalización de los actos del habla (es decir, novedades para nuestro medio como la lógica deóntica, fuzzy logic, análisis lógico contemporáneo de los conceptos jurídicos tales como derechos, deberes o demás posiciones legales que puede tener un sujeto de derecho), todo ello dentro de un marco general de pasión por la filosofía analítica (llamada también filosofía del lenguaje), la matemática y la epistemología o filosofía de las ciencias.  Bueno, tras escucharme, y alegrarse de que yo mantuviera aún alguna actividad académica (como si eso tuviera en sí mismo alguna impprtancia), me dijo, excusándose, que su interés por temas como los que yo le mencionaba era algo en verdad marginal, menor, y era un tipo de lectura que de vez en cuando se permitía a sí mismo, en definitiva por que como cualquier otra persona él también era hijo de su tiempo.  Su pasión, en realidad, estaba en los otros temas, por los altos grados de formalización lógica y matematización que se estaban alcanzando, y que -dijo con orgullo- serían incomprensibles para el vulgo e incluso para la gran mayoría de juristas y abogados.  Su comentario final, aunque previsible, me dejó pasmado.  Con claro ademán de desdén y compasión, el catedrático de Derecho dijo, refiriéndose a esas otras disciplinas de las ciencias humanas: “Tú sabes, todo eso para mí es muy fácil” [el lenguaje que usan es demasiado fácil, nada que merezca en verdad la pena].

Imaginarán mi sorpresa, claro, que no oculté.  Por muchas razones, pero en particular, en lo que es relevante para este escrito, por constatar que aún hoy persiste en algunos sectores intelectuales que deberían ser sectores verdaderamente de avanzada, un esquema básico, pre-racional, una preferencia desdeñosa (escondida tras los alegatos epistemológicos respectivos), según la cual: a más medible, a más manejable (es decir, cuanto más ‘útil’ y a la vez más ‘científico’), es más perfecto, más interesante y lo demás es poca cosa.  Sorprende ese espíritu positivista, más aún en un aula de Derecho, cuando el mundo occidental ha vivido décadas de duros y amplios combates contra los esquemas racionalistas, positivistas y reduccionistas del pensamiento heredados de la modernidad, combates librados para volver a comprender, con legítimo derecho, todo lo amplio que puede llegar a ser tanto lo que es racional y lo que es el conocimiento de ser humano, o, como lo expresarían algunos filósofos, la gran amplitud de las manifestaciones del Logos (1).

La anécdota coincide casi con otra noticia: el conocido autor Mario Bunge, filósofo de la ciencia, volvía a la carga contra Heidegger acusándole una vez más de ser un autor cuyo lenguaje es un ‘habla absurda’, un sinsentido (lo ha llegado a tildar, por lo que sé, hasta de esquizofrénico).

El asunto, para un musulmán como yo, no deja de tener interés, claro. Motivado por estos hechos, di con un post interesante con reflexiones suscitadas por la crítica de Bunge al pensador alemán.  De allí cito lo siguiente:

 

Cuando Russell puso en claro que el empirismo no puede probar empíricamente su principio de la concordancia entre realidad y proposición, los positivistas pusieron entre paréntesis la referencia a la realidad. Popper redujo los enunciados científicos con sentido a un convenio o acuerdo; Neurath los interpretó como enunciados coherentes entre sí (no con un Mundo exterior); Carnap los consideró bajo un punto de vista de la pura y formal sintaxis. Bunge repite, sin citarlo, los argumentos del experimento de Rudolf Carnap escrito en un ensayo “Überwindung der Metaphysik durch logische Analyse der Sprache”, o sea: la superación de la Metafísica a través del análisis lógico del lenguaje (Erkenntnis, vol. 2, 1931/1932). Tomando como ejemplo el texto de la conferencia de Heidegger Was ist Metaphysik? de 1929, y seleccionando párrafos en los cuales reflexiona sobre la Nada (Das Nichts), Carnap pretendía haber resuelto, en un plumazo empirista lógico, toda la tradición idealista alemana demostrando su sinsentido desde el punto de vista lógico-positivista. Heidegger le responderá en el Nachwort de la edición de 1943.

En relación a la postura de Heidegger, en un estudio dedicado a este tópico en la filosofía contemporánea, el autor, Gregory Wanda, nos dice:

La filosofía analítica ofrece [según Heidegger] un ejemplo fundamental de una “explicación metafísico-tecnológica” que se deriva del “marco mental calculador”.  Años después, [Heidegger] continuó con estas asociaciones al etiquetar explíticamente a la posición de Carnap como una “visión técnico-cientista del lenguaje” (14).  Según Heidegger, esta visión cree que pensar y hablar se “agotan por una representación y afirmación (statement) teorética y científico-natural,” y que se “refieren a objetos y sólo a objetos”.  El lenguaje, como una herramienta del “conocer científico-tecnológico” … es así “sólo un instrumento que empleamos para manipular objetos” (15).  Uno de sus juicios acerca de la influencia de la filosofía analítica en nuestra moderna era tecnológica es especialmente remarcable:

“Últimamente, la investigación filosófica y científica de los lenguajes apunta de modo más decidido a la producción de lo que se llama “metalenguaje”.  La filosofía analítica, que está establecida en este super-lenguaje es bastante consecuente cuando cuando se considera a sí misma una metalingüística.  Eso suena a metafísica, y no sólo suena como ella, sino que es metafísica.  La metalingüística es la tecnicalización abarcante y en marcha de todos los lenguajes hacia el único intrumento operativo de información interplanetaria.  Metalenguaje y sputnik, metalingüística y cohetería son lo Mismo”. (16)

[(14) Martin Heidegger, “Das Problem eines nichtobjektivierenden Denkens und Sprechens in der heutigen Theologie” (1964) in Phänomenologie und Theologie (Frankfurt: Klostermann, 1970), 39. “The Problem of a Non-Objectifying Thinking and Speaking in Today’s Theology” in The Piety of Thinking, trans. J.G. Hart and J.C. Maraldo (Indiana: Indiana University Press, 1976), 24.

(15) Ibid., 42-4 (27-8).

(16) Martin Heidegger, “Das Wesen der Sprache” (1957) in Unterwegs zur Sprache, 160. “On the Nature of Language” in On the Way to Language, 58. Cf. ibid., 96-8 (203-5).]

 Metalenguaje y sputnik, vaya frase.  Matematización de la comunicación del ser humano, cientifización, señorío de la técnica, frente al ser humano que sucumbe a los estragos del mundo de la tecnología.  Y Mawlana Shaykh Nazim (qs) desde siempre nos ha advertido contra este mundo tecnocrático, el mundo de la tecno-latría.

II

 

¿Fue gratuita esa crítica Heideggeriana hacia sus críticos?  No.  Se corresponde con un trasfondo claro.  Claro en su momento y dramáticamente cierto -y doloroso, como el cambio climático deja ver- en nuestro tiempo.

La discrepancia y gran diferencia entre un uso del lenguaje abierto, lleno de riqueza de imágenes, de potencia expresiva y sugerente, de golpes contra las certezas habituales, como lo pudo usar Heidegger, por una parte, y por otra el uso formalizado, tecnificado, altamente definido y controlado, exigido más bien por aproximaciones como las de Carnap, es parte de dos respuestas filosóficas muy distintas, que seguimos heredando, a la pregunta de qué debía ser la tarea de la filosofía, planteada hacia inicios del siglo XX.

Conforme lo expone James Luchte (2), un filosófo investigador de la llamada división entre la filosofía continental y la filosofía analítica (división que se debate entre ambas formas de abordar el conocimiento), Heidegger y Carnap partieron de un desencanto común por la historia de la metafísica, en un primer momento, impregnado de un escenario neokantiano.  De hecho, Heidegger y Carnap empezaron relativamente próximos, nos recordará Luchte.  Lejos de la situación propia a la profunda división filosófica surgida tras ellos (3), Heidegger había leído y había hecho referencias a un ‘analítico’ como Frege y Carnap a un ‘continental’ como Husserl, maestro e inspirador inicial de Heidegger.

El trasfondo sobre el que desarrollaron sus discursos venía expresado, por un lado, con posturas de filosofía de la vida como la de Nietzsche (vitalista y revolucionario contra los cánones académicos, como es sabido), y por otra parte una postura neo-kantiana.  El problema en juego era la relación ni más ni menos que entre la lógica y la vida misma.  Y la tarea que debía asumir la filosofía en respuesta a esa relación, es decir, la forma de buscar la verdad, la ‘topología’ de la Verdad, en definitiva, el destino del hombre frente a la ciencia, la técnica y su bagaje cultural y humano.

Husserl y Heidegger

Fue ante la necesidad de responder a dicha situación que los caminos de Heidegger y Carnap, inicialmente próximos o al menos no opuestos,  se separaron notablemente y, tras ellos, se originó la famosa ‘división’ en la historia de la filosofía más reciente.  Por un lado Carnap, siempre siguiendo la exposición de Luchte, habría optado, para decir las cosas de manera muy simple,  por un neokantismo racionalistamente orientado, tomando elementos del primer Wittgenstein (profundamente preocupado ya por la racionalidad y los límites formales del lenguaje) para elaborar su respuesta, mientras que Heidegger empezaría a andar conforme a su afinidad inicial con la fenomenología de Husserl, centrado por tanto en la esencia tan poco asible del ser humano, lo que fue visto por Carnap como una vinculación peligrosa al ‘sentimiento por la vida’ (“Lebensgefuhl” de Dilthey).

Los caminos se separaron trayendo de la mano elementos de mucha importancia para nuestro destino como civilizacion.

De hecho, Friedman en su importante obra ‘A Parting of the Ways: Cassirer, Carnap and Heidegger’, describe la emergencia histórica de estas tradiciones en la división del movimiento neokantiano … La primera [tradición, la analítica] … estableció una interpretación epistemológica de Kant que partió del “hecho de la ciencia” como el dato primario y observó que la tarea de la filosofía era trazar los fundamentos para este “hecho”.  De este modo, la filosofía se convierte en un mero apéndice de las ciencias naturales (Naturwissenschaften).  Más aún, esta escuela, según Friedman, tuvo una agenda política más ambiciosa, al sostener que las ciencias naturales, en tanto que “conocimiento cultural universal”, indicaban una lucha por un ideal político y cultural global.  La otra escuela [la continental, en la se sitúa a Heidegger] … se apropió del trabajo de Kant pero enfocada de modo distinto en las ciencias humanas (Geisteswissenschaften), buscando re-integrar la expresión teorética de las ciencias naturales en una inquietud más amplia por el mundo de la vida de la existencia humana (4).

Carnap pretendió eliminar del todo, dar muerte definitiva, a las preocupaciones que tradicionalmente habían ocupado a la metafísica.  Su intento, sin embargo, no fue lo exitoso que esperaba.  Más allá de las críticas formuladas desde el otro lado, las propias críticas desde dentro de la propia filosofía analítica, expresadas principalmente por Quine, afectaron en lo sucesivo la seguridad analítica en su intento de desterrar la ontología.  La brecha todavía está abierta pero tras los años transcurridos desde que Carnap se alzara contra el ‘sinsentido’ de la metafísica hasta el escenario de la actualidad, la evolución de las corrientes analíticas y continentales ha hecho que empiecen a aproximarse varias veces de modo no necesariamente antagónico.

Visto desde hoy, Alejandro Tomassini, bebiendo de fuentes analíticas, en su ensayo ‘La Intolerancia Semántica de Rudolf Carnap’, lo expresa de esta manera:

Estamos ahora en posición de comprender que Carnap es, en efecto, sumamente tolerante sólo sobre la base de uno de los principios más intolerantes jamás formulados [se refiere el autor al Principio carnapiano de Tolerancia, es decir, de qué debe entenderse como un lenguaje con sentido y por tanto útil para poder conocer, principio de tolerancia al cual se debe entender que subyace el principio de verificabilidad de las proposiciones, del cual Carnap habría hecho un uso implícito] … los problemas que plantea el Principio de Verificación son innumerables y bien conocidos …

… ¿qué pasará si rechazamos el principio de verificación? La doctrina carnapiana de los marcos lingüísticos ciertamente se salva si bien hay un precio que pagar, a saber, se restringe enormemente su radio de acción.  Lo que entonces se pone de manifiesto es que … la doctrina en cuestión lo que hace es darnos un aspecto de la lógica de las ciencias, esto es, nos aclara lo que significa ‘existencia’ (i.e. cómo se usa [la palabra ‘existencia’]) en el contexto de las teorías científicas.  [subrayado nuestro]  Esto ciertamente es muy interesante pero desde luego que no permite probar lo que Carnap creía haber demostrado, viz., que la problemática acerca de la naturaleza del Mundo es absurda.  Esto sólo quedaría probado si Carnap lograra demostrar que el ideal empirista de la unidad de las ciencias, ocupando la física la majestuosa cúpula, fue alcanzado, que se hizo ver que el lenguaje de la física versa sobre o es acerca del mundo del mismo modo como lo hace el lenguaje natural, que el crudo realismo científico que se compra y vende con facilidad es aceptable, etc.  Empero, todas esas posiciones han sido más bien refutadas … Por ello … podemos inferir que estamos autorizados a seguir hablando de la Realidad o del Mundo, confiados en que se nos comprenderá, es decir, que no estaremos emitiendo sinsentidos cuando así lo hagamos.

 

III

 

Conocida es la admiración de Heidegger por el lenguaje y el hecho de que el lenguaje es, transmite y activa, en un proceso decididamente no lineal, de un modo en definitiva misterioso, aquello más profundo o más cierto que se halla anidado en el ser humano en cuanto tal.

Frente a la dirección nihilista, exterminadora, de la solución de Carnap, Heidegger empezó un peregrinaje filosófico destinado a desmantelar, en primer lugar, la historia “de la metafísica del ente, de los seres [es decir, a desmantelar en definitiva toda la historia previa de la filosofía], en favor del evento originario y revelador de la admiración ante la faz del Ser”, el evento originario de la verdad suprimido y ocultado por las respuestas tradicionales de la metafísica (5).  Es decir, en vez de dar la espalda o pretender ahogar al problema, se recoge, se retrotrae, hasta intentar capturarlo de nuevo del modo más originario posible.  Ello le llevaría, como es sabido, a elaborar un andamiaje terminológico muy particular, donde el lenguaje fuerza a la comprensión del hecho o más bien presencia misteriosa del Ser.

Ahora bien, recapitulando lo avanzado, más allá de una revaloración (ya lograda, por cierto, mal que le pese a Bunge) del lenguaje abierto y polifacético usado en términos decididamente no-técnicos [y cuyo sentido concreto se podría debatir entre ir por la línea heideggeriana, o según lo señalado por Xavier Zubiri, u otras posibilidades], lo cierto es que la apertura a un horizonte que siempre se caracteriza por sobrepasarnos y por una tensión permanente en su comprensión y su misterio,  constituye un hecho, un patrmonio, de nuestra interioridad más profundamente humana.

Bajo esa tensión intrínseca al ser de nuestro conocer y al conocer del Ser y la riqueza y función alumbradora del lenguaje, la historia del pensamiento occidental premoderno (y justamente por ello, poco ‘occidental’, valga la precisión) ha conocido antes, a vía de ejemplo, momentos fuertemente marcados por la perplejidad del lenguaje, como el caso de la denominada ‘teología apofática’ o modo de explicar un conocimiento acerca de Dios a través de sucesivas negaciones.  En la teología mística en Occidente, se podría citar a este respecto a Meister Eckhardt, y el nombre epónimo de la teología cristiana de Oriente sería el pseudo Dionisio Aeropagita.

Con todo, es fuera del marco del cristianismo, concretamente en el Islam, donde hallamos una poderosa tradición largamente cultivada de usos del lenguaje como alumbramiento de un Logos imperecedero, bajo escenarios que, a diferencia de los intentos en Occidente, no se corresponden ya con una actividad de índole filosófica, ni siquiera  con una disquisición o elaboración discursiva creyente (que es más bien el modo clásico de la teología [cuyas limitaciones para alumbrar la comprensión del Ser Heidegger percibe].  No debe olvidarse, en efecto, que, sin perjuicio de las precisiones más técnicas que pudieran introducirse al respecto, filosofía y teología son ambos intelecciones, indagaciones, del lenguaje en sentido discursivo, es decir, actividades de comprensión mental que avanzan por pasos y deteniéndose en cada paso hasta saltar por justificacion racional al paso siguiente.

Cierto es que antiguamente en las denominadas ortodoxias cristianas de Oriente se mencionaba ya, a propósito de acercamientos a obras como la Filocalia, que teólogo no es sino aquel que en efecto conversa con Dios.  Diferencia muy grande con lo que, sea en la vía apofántica (la vía de las negaciones) o la vía catafática (la vía de las aseveraciones) ocurrió después con la naturaleza misma de la teología cristiana tanto ya en Oriente y Occidente, donde se perdió el elemento de la conversación efectiva como configurador interno de este orden de conocimiento y la teología pasó a transformarse en una meditación discursiva.

No desconocemos que hay casos de excepción, Platón de modo singular (como lo reconocería el mismo Ibn Arabi o Abdal Karim al Jili), excepciones más que en la filosofía occidental sobre todo en su teología, concretamente en la teología mística cristiana, y en particular en las de las iglesias denominadas ortodoxas, que se acercaron al significado antiguo de ‘teo-logo’ (el que conversa con Dios).

Pero, con todo, a diferencia de la profusión, estabilidad, organicidad y complejidad (en definitivia, desarrollo y vigor) que se atestiguan al respecto en el mundo sapiencial en el Islam, aparecen, con lo relevantes que son sin duda, como quiebres momentáneos o brillos esporádicos respecto al quehacer intelectual ordinario de la teología misma, superaciones esporádicas de la vía de la intelección discursiva, logros a-teológicos, o para-teológicos obtenidos más bien a a fuerza de dejar de lado por momentos el marco mismo de su actividad.  O allí donde pudieron aparecer de modo algo menos contingente y ocasional que un brillo, es decir, como el boceto de un modo propio (como el caso de Platón), su transmisibilidad o bien estuvo trágicamente comprometida por la forma asumida (en su caso, los diálogos, forma inicial de invitación a la filosofía como quehacer eminentemente discursivo) (6),  o el alcance de su transmisión (como el cultivo de la Filocalia), sin siquiera entrar ya a la validez o la claridad de la percepción en lo transmitido, adquieren una muy delgada y frágil forma, de escasa potencialidad (cuando se las compara con modos correlativos en otras culturas) . 

Meister Eckhardt, el pseudo Dionisio Aeropagita, los místicos renanos, San Serafín de Sarov, y otra figuras escasas o casi anónimas de cultivadores de la Filocalia, admitámoslo, tienen un carácter dramática y seriamente marginal (cuando no simplemente heterodoxo, hereje) no ya respecto al cristianismo sino respecto a la propia intelligenstia religiosamente comprometida del cristianismo, una presencia marginal incluso dentro de la propia teología mística, ella misma rama marginal por su parte dentro de las ramas de la teología.

Vale aclarar aquí, por cierto, que lo marginal es distinto a señalar que fueron pocos en número.  Una élite es siempre poco numerosa por definición, pero una élite tiene, por sus cualificaciones y disposicione,  la vocación de ser preeminente respecto a su colectivo; sin embargo, si es ella misma continuamente inorgánica, inconexa, y marginal respecto al colectivo o incluso frente a las capas superiores del colectivo, entonces tenemos derecho a pensar que hay un problema intrínseco en la estructura y la viabilidad del conocimiento en dicho  coletivo considerado éste in toto.  El problema que genera esto no ha dejado de ser crudamente percibido, por sus efectos, dentro del propio cristianismo (7).

En cuanto a la tradición islámica, al respecto hay que distinguir tres ámbitos:

 

– por un lado los filósofos (cuyo quehacer, la falsafa -nombre en árabe- o filosofía, es un intento de intelección discursiva enteramente autónoma, raciocinante, por principio, método y la razón a su vez de su límite),

– los mutakallimun (o ‘teologos’ en el sentido de quienes exponen y re-aprehenden, desde los textos sagrados, todo lo inteligible, que proceden de modo semejante a los teólogos en Occidente, es decir desde una actividad que, partiendo de la aceptación de los datos de los textos sagrados, en su carácter sigue el modelo inquisitivo discursivo) y

– los que conocen directamente por una apertura en las potencias superiores del espíritu, allende el intelecto discursivo, hacia el plano de lo Divino: los ‘urafa, los Conocedores o Gnósticos de Dios, sus amigos íntimos o teósofos (a quienes se denomina tradicioanlemnte los awliya).  (8)

 

También podría mencionarse a otra clase de agentes del conocimiento en el Islam, los ulama o sabios de la jurisprudencia y en general de las ciencias externas del Islam.  Sin embargo, en cuanto a disquisiciones referidas al alumbramiento de la perplejidad y el sobrepasamiento del misterio del Ser en el lenguaje , como es el tema de este artículo, los ulama deben considerarse como un grupo situado fuera de este grupo.  Sus métodos y función es distinta, y en realidad complementaria a este campo que aquí se analiza.

En el plano de la actividad del conocimiento en los awliya, nítidamente distinta a la falsafa y a la exposición de los mutakallimun, lejos de tener que irse por soprepasamiento momentáneo de los límites de su método hacia una aproximación más esencial en el conocimiento, es precisamente la realización continua de su detallada y desarrollada Vía la que expone siempre al conocedor ante, a la vez, el sublime misterio, el carácter de su existencia misma, y la pérdida de todo lo que, ante lo Real, debe quedar perdido.  Misteriosofía, existenciación y pérdida.

 

IV

Heidegger en 1968

Ahora bien, retomando el hilo de lo desarrollado, hijo occidental del pasado de su cultura, Heidegger reclamó constantemente abrirnos hacia los soplos del Ser que advienen con el lenguaje.

Pero su matriz cultural, el mundo cristiano y el mundo post-cristiano formado sobre la plataforma del anterior, había tenido desde antiguo dificultad en poder hallar la clave para pasar de la ‘teología’ a la ‘teo-logía’, de la especulación al destello esencial del advenimiento de lo más hondo.

Tales dificultades del mundo cristiano en su percepción y comunicación de lo más Originario, al no haber sido nunca verdaderamente resueltas (salvo, repetimos, apariciones providenciales inestables),  significaron para Occidente una ausencia sumamente peligrosa de un referente primigenio (no cubierto por las mediatizaciones o trampas que trajo la historia de la filosofía) en el Logos de su civilización.  La ausencia quedó fatalmente al descubierto tan pronto se generó, en el orden social, el proceso de secularización (posibilitado de hecho por la propia relativización cristiana de la Ley (9)),  tan pronto, en el orden del pensamiento, se produjo la convulsión y finalmente el desbordamiento a manos de las corrientes modernas, aliadas en definitiva de un movimiento hacia el materialismo, relativismo, reduccionismo e individualismo. Europa, sin referente, quedó bajo el escenario de la instauración de una hegemonía nunca antes conocida en su comprensión del mundo y el mundo de la vida, de la visión científico-técnico-individualista-reduccionista.

El reduccionismo de Carnap o el programa de hegemonizar la filosofía como metalenguaje, sueño original de la filosofía analítica, no es más que el nieto o bisnieto de esta sucesión de rupturas iniciales posibilitadas por la ausencia de dicho referente primigenio. Más cohetería, menos humanismo. Más sujetos individuales, menos seres humanos.

La responsabilidad que tales dificultades trajeron a la metafísica occidental en su olvido del Ser significaron, para Heidegger, el esfuerzo heroico de buscar una solución de algún modo fundamentalmente extraña a la historia efectiva del pensamiento que recibía como hijo de su tiempo en herencia.

No es por tanto extraño que, con el decurso de sus investigaciones filosóficas, el discurso de Heidegger pueda sonar un poco ‘oriental’, o que se haya interesado en traducciones del Tao Te King, o que en una conversación con un monje budista, tras decir este último que “la Nada no es nada sino justamente lo contrario, el todo.  Es algo que no puede nombrarse, nada y todo, son la plenitud”, Heidegger comentara por su parte: “eso es justamente lo que he tratado de decir toda mi vida” (10).

Cuando se conoce, sin embargo, como se puede ahora en Occidente debido al interés por el sufismo (la actividad de los awliya), que apenas cruzando el mar, en la otra orilla cultural frente a Europa, durante siglos ha habido una actividad fecunda e ininterrumpida de un Logos plenario ínsito en la civilización vecina (en su mundo de la vida), no deja de advertirse la consecuencia trágica que tuvo la lejanía exprofesa en que durante siglos Europa y el Occidente mantuvo al mundo islámico.

Una separación que no se cruzó con el contacto sumamente reducido y mediatizado ocurrido con ocasión de la traducción de obras de filosofía griega que Europa recuperó de manos de los filósofos musulmanes.  Nos referimos a la separación determinada, en definitiva, por concebir al Islam, y por ende a su mundo, como ‘anomalía, anomalía errónea’, finalmente, como una falsedad.

De haber ocurrido las cosas de otro modo, Heidegger, un proto-Heidegger, mejor dicho, posiblemente no habría tenido que tener momentos de secreto affaire con extramundos tan distantes como el taoísta o el budista; no habría tenido que asumir un ateísmo (polivalente y sui generis, cierto) claramente marcado por las limitaciones que -como señala Evdokimov en nuestra nota al final de este texto- Occidente ha debido sufrir al respecto; y habría tenido en definitiva un referente permanentemente actualizado y transmitido, accesible en principio siempre a todo aquel que haga el esfuerzo respectivo.

Al proto-Heidegger de nuestra disquisición le habría bastado, como en su momento por cierto le ocurrió al Imam Ghazzali, cuando se enfrentó con la crisis del conocimiento, con ir a los lugares ‘aún a salvo’ de las decadencias o males habituales propias al común de los seres humanos, conocer allí a los maestros de la ‘teo-logía’.  Le habría bastado un simple momento de ‘teo-logía’ provisto por las numerosas Vías que han habido al respecto en el Islam tradicional.

Un inquisidor de la verdad tan egregio habría podido, a diferencia de las limitaciones (defectos de alcance, al fin y al cabo) que los mundos budistas o taoístas de hecho sufren, dirigirse también en súplica al Uno, al TodoSapientísimo, como ocurría allende el muro cultural.

 Entonces la perplejidad y el sobrepasamiento, el Ser y la Nada, la existencia y la pérdida de todo lo asumido, se habrían manifestado de modos siempre frescos ante el asomo a la Faz del Ser.

En el encuentro inefable, a uno de los Conocedores en el Islam el que está más allá de todo límite como en una voz, le dijo:

 

“Sabe que por el corazón (qalb) del gnóstico discurren cada día setenta mil secretos de Mi majestad que nunca retornan a él.  Si se revelara tan sólo uno de tales secretos a quien no ha alcanzado esta morada, [su develación] le consumiría”.

 

Al comentar esto, Ibn Arabi, el testimoniador del caso, explicó a Ibn Sawdakin que

 

“Dios tiene un reino especial, reservado a los secretos, desde el cual infunde los espíritus de las letras a todo el cosmos.  La palabra divina “…y he infundido en él de Mi Espíritu” (Corán, 15:20) contiene setenta mil fuerzas, de modo que el corazón del gnóstico recibe cada día setenta mil secretos: cada fuerza confiere un secreto y cada secreto otorga una de las ciencias de la divinidad, y esto cada uno de los días del mundo”.

 

Será una mirada a la experiencia de lo inefable en el lenguaje del maestro andalusí, lo que nos acompañe ahora, en una tradición del lenguaje alumbrador y de la experiencia originaria que, ya por su lado, siempre estuvo construyendo el gran pensador alemán si bien claro está desde sus peculiares coordenadas únicas a su pensamiento (sin admitir por ende comparatismos fáciles o asimilacionismos). 

 

* * *

 LENGUAJE Y ALUMBRAMIENTO

 

Centraremos para ello nuestra atención en un hecho, un encuentro bastante altamente significativo en la misteriosofía, la existenciación y la pérdida.

A sus escasos 29 años de edad, y en medio de un mundo donde también había actividad filosófica y teológica, un individuo excepcional, Maestro indisputable como sería rápidamente reconocido, atravesaba una serie de encuentros con lo más Originario.

Este joven conocedor recogió por escrito sus vislumbres.  Su texto se denomina “Las Contemplaciones de los Misterios” y consisten de su narración de catorce contemplaciones en tierra andalusí, en el año islámico 590 (o 1194 era común).

Nos referimos a Shaykh al Akbar Muhyiddin Ibn Arabi (qs), quien nos entrega así la primera de sus Contemplaciones:

 

 CONTEMPLACIÓN DE LA LUZ DE LA EXISTENCIA A LA SALIDA DE LA ESTRELLA DE LA VISIÓN DIRECTA

¡En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo!

 

Dios me hizo contemplar la luz de la existencia al aparecer la estrella de la visión directa y me preguntó: “¿Quién eres tú?”. “La nada aparente”, respondí.

Me dijo entonces: “¿Y cómo puede la nada tornarse existencia?” Si no fueras [una entidad] existente, tu existencia no sería posible y verdadera”.

“Por eso he dicho “nada aparente” –contesté-, ya que la nada que no se manifiesta no tiene verdadera existencia”.

Me dijo luego: “Si [se considera que] la existencia primera es idéntica a la existencia segunda, entonces no hay ni una inexistencia precedente, ni existencia contingente; sin embargo, está establecido que tú eres contingente”.

Tras esto me dijo: “La existencia primera no es idéntica a la segunda”. Y añadió: “La existencia primera es como la existencia de los universales (kulliyyat), y la existencia segunda como la existencia de las individualidades (sajsiyyat)”.

Díjome luego: “El “no ser” (adam) es real y no hay otra cosa; el Ser (wuyud) es real y no hay nada más”. Asentí diciendo: “Así es”.

A continuación me preguntó: “¿Eres musulmán por mera tradición (taqlid) o tienes tu propio criterio (dalil)?”.

Le respondí: “Ni soy un [ciego] imitador, ni sigo mi propio criterio”.

“No eres, entonces, cosa alguna”, -me dijo.

Yo Le dije: “Soy la cosa sin semejanza (mit-liyya) y Tú eres la cosa que tiene semejanza”.

Dijo: “Has dicho la verdad”.

Luego me dijo: “Tú no eres (una) cosa, ni has sido (una) cosa, ni tienes fundamento en cosa alguna”. “Cierto es –le respondí- pues si fuera (una) cosa, la percepción podría aprehenderme; si tuviera mi fundamento en alguna cosa, se [me] aplicarían las tres relaciones, y si fuera la cosa tendría un opuesto (muqabil), y yo no tengo opuesto”.

Luego Le dije: “Existo en las partes (ab-ad), aunque [en verdad] no existo, pues yo soy nombrado sin nombre, calificado sin atributo intrínseco (wasf) y descrito sin atributo extrínseco (nat), lo cual constituye mi perfección. Sin embargo, Tú eres nombrado por el nombre, calificado por el atributo intrínseco y descrito por el extrínseco, y esto constituye Tu perfección”.

Luego me dijo: “No conoce lo existente (mawyud) sino lo inexistente (ma dum)”. Luego me dijo: “No conoce lo existente, tal cual es en realidad, sino lo existente”. Luego me dijo: “La existencia procede de Mí, no de ti, mas está en ti, no en Mí”.

Luego me dijo: “Quién te encuentra Me encuentra y quien te pierde Me pierde”. Luego me dijo: “Quien te encuentra Me pierde y quien te pierde Me encuentra”. Luego me dijo: “Quien Me pierde Me encuentra y quien Me haya encontrado [ya] no Me pierde”. Luego me dijo: “El encuentro y la pérdida son cosa tuya, no Mía”.

Luego me dijo: “Cualquier [modo de] existencia limitada y relativa a ti concierne, y toda existencia absoluta e incondicionada Me corresponde a Mí”. Luego me dijo: “La existencia relativa [de lo finito] Me concierne a Mí y no a ti”. Luego me dijo: “La existencia diferenciada, que es la Mía, es por ti (bi-ka), y la existencia integrada, que es la tuya, es por Mí“ , –y añadió- “e inversamente”.

Luego me dijo: “La preexistencia primordial (bi-l-awwaliyya) no es propiamente existencia, mas por debajo de ella está la existencia efectiva”.

Luego me dijo: “La existencia es por Mí, procede de Mí y es Mía”. Luego me dijo: “La existencia procede de Mí, pero no es por Mí, ni Mía”. Luego me dijo: “La existencia no es por Mí, ni procede de Mí”.

Luego me dijo: “Si Me encuentras no Me verás, mas Me verás si Me pierdes”. Luego me dijo: “Encontrar es perderMe y perder encontrarMe. Si llegaras a descubrir el asimiento (ajd), conocerías entonces la existencia real”.

 

Y de su sexta visión teofánica:

 

Contemplación de la Luz de la Percepción Mística a la Salida de la Estrella de la Develación

 

“Todo cuanto has descubierto y todo lo que estaba oculto para ti y que súbitamente te sobrevino, todo ello es para ti, por causa tuya, y está en ti.  Mas si te hubiera revelado el más ínfimo de los secretos que de la Unidad de la divinidad en ti deposité, no habrías sido capaz de soportar su carga y te hubieras consumido.  ¡Qué sería de ti entonces si te develara algo de Mí mismo o de Mis atributos esenciales!  Persiste por toda la eternidad y no verás, en cualquiera de las moradas [espirituales que recorras], sino a ti mismo.  Más rápido que un abrir y cerrar de ojos ascenderás por moradas que nunca has vislumbrado y a las cuales no volverás, mas quedaran en ti sin rebasar tu capacidad.

Si pudieras estimar tu propio valor te pondrías límites y, en realidad, no tienes límites; ¿cómo podría entonces estimarse tu valor?  Ya que eres incapaz de estimar tu propio valor -lo cual es legítimo-, sé consecuente y no pretendas conocer Mi valor, pues no podrías llegar a apreciarlo jamás, aunque seas el más noble de los seres en Mi eterna omnisciencia”

“He existenciado en ti los atributos y las cualidades con los cuales quiero que te muestres ante Mí.

El límite de tu conocimiento depende de la capacidad que te he dado; por tanto, no puedes conocer sino a ti mismo.

Únicamente a Mí se refieren los atributos de la Majestad y la Belleza que nadie más que Yo conoce, pues si alguien tuviera conocimiento de Mi saber, Mi voluntad y la totalidad de Mis atributos -los cuales, en realidad, no son susceptibles de totalización, ni pueden delimitarse-, entonces Yo no sería Dios, ni sería Creador.

Toda declaración de Mi trascendencia [con la cual proclamas Mi incomparabilidad], remite [necesariamente] a ti, pues sólo se libera y purifica de las imperfecciones aquel a quien éstas pueden atribuirse y reprocharse.  Sin embargo, [más allá de tales consideraciones] Yo soy completamente trascendente en Mí, para Mí y por Mí, de un modo inaprensible e imperceptible.

Las miradas quedan cortas, los intelectos pasmados, los corazones están ciegos, los sabios están perdidos en el desierto de la perplejidad, y los entendimientos, sumidos en la estupefacción, son incapaces de aprehender el más ínfimo secreto de la epifanía de Mi Grandiosidad.  ¿Cómo, entonces, podrían abarcarla?  Vuestra ciencia es polvo diseminado.  Vuestros atributos no son nada.  Vuestra realidad es sólo una metáfora en un remoto rincón de Mi existencia”. 

 

Shaykh Nazim al Haqqani

Un gran teósofo contemporáneo, testimonio de la potencia y vitalidad del camino ininterrumpido, lo expresa en estos términos:

 

Hay cinco tesoros secretos escondidos en tu corazón. El corazón no es ese pedazo de carne en ti mismo. Ése es el corazón del cuerpo. Tienes algo más dentro de ti. Es tu personalidad en la Presencia Divina. Se te han concedido cinco tesoros, cinco universos. Cada uno es más amplio y más profundo que el anterior

… Tenemos un secreto detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos. Todos esos secretos se hallan ocultos para que los encuentres, y si embargo mientras tanto estás perdiendo tu tiempo, tu vida y tu edad con acciones absurdas.

Como primer paso, miras en un espejo, y todos tienen espejos. El espejo será como aquel al que estás habituado. Éste es un espejo imitado. Hay otro espejo, un espejo Real. Todos nosotros tenemos tantos espejos imitados en nuestras casas. Cuando miras a tu rostro en estos espejos imitados, te muestran tu cuerpo físico. Cuando mejoras, como consecuencia de los Mensajes enviados desde el Cielo, se abrirán para ti secretos ocultos.

Como primer paso, cuando ves en el Espejo verdadero, debes asustarte porque ese espejo te va a mostrar tu esqueleto. Éste es el principio de la mejora en los caminos sufis. Necesitamos un espejo verdadero al cual mirar. Es en un espejo verdadero de ese tipo en el cual puedes mirar y ver tu Verdadero tú.

 

 

 

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NOTAS

(1) El autor de estas líneas señaló en otro momento, a propósito de un homenaje a una de las figuras fundacionales del evolucionismo abierta y ácidamente antireligioso, algo que creo puede volver a expresarse también en este contexto (después de todo, la persona cuya anécdota se refiere es declaradamente atea).  Decía entonces que cuando un científico critica con base a su proceder científico y su racionalismo nociones como la existencia de Dios, glorificado sea, o del espíritu del ser humano, lo que desde una perspectiva religiosa se puede asumir como datos de las Revelaciones, habrá podido obtener la sensación de ‘demoler los viejos ídolos’ , pero los límites epistemológicos del saber científico, tal cual han sido intensamente analizados y debatidos tras décadas de resquebrajamiento de esas certezas filosóficas de la modernidad, no le autorizan con legitimidad filosófica a ello.

Hasta un ateo como Vattimo, sin duda alguna de la menor de mis ’simpatías’ en tanto que filosófo militaristamente activo del mundo rebelde al revés [decididamente en una visión incompatible con el Islam], llega a admitir que la filosofía debe reconocerse epistemológicamente muda en ese campo.

Dice:

“La filosofía ha redescubierto la plausibilidad de la religión (sólo) porque se han disuelto las metanarraciones metafísicas, y puede por ende mirar la necesidad religiosa de la conciencia común al margen de los esquemas de la crítica ilustrada” (Vattimo en el nada agradable libro colectivo La Religion).  (los paréntesis en la cita son de él).

En dicho libro, más cercanamente a nuestro asunto, tras reseñar los muy diversos ataques a la religión de la modernidad, Eugenio Trías escribe (va allí un comentario mío indicado):

“Es innegable la fuerza explicativa [la apariencia seductora de fuerza explictiva para las gentes que adhieren al mundo que se aleja rápidamente de Dios, comento yo] de todas esas variantes reseñadas de la filosofía de la sospecha, en las cuales el fenómeno y la experiencia religiosa pasan por el juicio y el veredicto de un determinado concepto de razón (idealista, materialista, genealógico o psicoanalítico). Pero no puede pasarse por alto en esas aproximaciones un proceder harto discutible: en todas ellas la religión es explicada desde fuera de ella misma. Se parte de la premisa, racionalista e ilustrada, de que la religión, por ella misma, es ilusión, ideología, concepto inadecuado, enfermedad, falsa conciencia. …

La religión, a modo de cobaya de la razón, es conducida hasta el tribunal de la ciencia, de la razón (o de la genealogía de la voluntad de poder) … hacia esa vía de dirección única que de modo autoritario se establece en esos discursos como exclusiva razón.

Pero es quizás el momento de decir, en voz alta y con toda claridad y contundencia, que no es lo mismo logos que razón.” (énfasis nuestro).

(2) Consúltese su texto’Martin Heidegger y Rudolf Carnap: Fenomenología radical, positivismo lógico y las rutas de la división analítico/continental’.

(3) La famosa -y en absoluto simple o lineal- separación entre la filosofía continental y la analítica, la primera marcada de distintos modos por Heidegger y la segunda a su vez, variablemente, por Carnap, con el perdón por las sobresimplificaciones del caso.

(4) Ver texto indicado en la Nota 2.

(5) Ibid.

(6) De allí que la mayor parte del neoplatonismo de la Antigüedad no haya revestido el carácter distintivo, luminoso (iluminado estaríamos tentados a decir),  que sí tuvo en Platón, salvo quizá, con algún otro nombre adicional posible, en Plotino.  Escribir como Platón no significa haber llegado a su estación, del mismo modo que escribir como Eckhardt no significa haber llegado a su logro efectivo.

(7) Paul Evdokimov, en su clásica obra ‘El Conocimiento de Dios en la Tradición Oriental’, que resume 12 lecciones dadas en la cátedra de ecumenismo en la Facultad de Teología de Lyon en 1966, señala crudamente lo siguiente:

“… aun en los medios conformistas de la religión establecida, el nombre mismo de Dios provoca en un alma sincera un reflejo inmediato de hastío. La hermosa mediocridad de los «hombres religiosos» que se toman en serio impone su mentalidad hecha de discursos edificantes y de sermones cuyas fórmulas vacías se presentan con ostentación en medio de la inflación verbal universal e impone el estilo pesado de las reglas y coacciones. Una vida religiosa domesticada, socializada, democratizada, segrega las apariencias menos atrayentes. Los Padres del Concilio Vaticano II ¿no afirmaron de la manera más clarividente que el único culpable del ateísmo actual es la cristiandad misma, su teología escolástica, su predicación arcaica, su catecismo inadecuado a su objeto?”

Evdokimov reclamaba ya en aquel entonces un regreso a las fuentes, a la espiritualidad, como antídoto.  Pero desde su posición no podía comprender las limitaciones intrínsecas o las determinantes internas fatales que el cuerpo mismo de lo que se ha conocido históricamente como cristianismo traía consigo.

(8) Sobre el particular, puede verse una exposición islámica acerca de los awliya, aspecto por lo general desconocido o mal conocido en Occidente respecto al Islam, y de sumo interés en el debate sobre ‘qué es el Islam’, esto es, el asunto de la ortodoxia islámica. Veáse: Maestros del Islam.

(9) Un tratamiento islámico de este carácter intrínseco a la estructura del cristianismo, puede verse en el artículo Seguir la Ley Sagrada o Estar a la Altura de los Tiempos.

(10) Puede ver al respecto el interesante estudio: el Tao de Heidegger.

 

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