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Archive for the ‘Liberalismo’ Category

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

“El capitalismo está avanzando hacia la derrota final tanto en términos materiales como en el plano ideal. Cuanto mayor se torna la brutalidad con la que esta forma de reproducción convertida en modelo social universal devasta al mundo, más se va infligiendo golpes a sí misma y más va minando su propia existencia. En este marco se inscribe también el común hundimiento intelectual de las ideologías de la modernización en una ignorancia y falta de conceptos de un nuevo tipo: la derecha y la izquierda, el progreso y la reacción, la justicia y la injusticia coinciden de manera inmediata, toda vez que el pensamiento dentro de las formas del sistema productor de mercancías se empantanó por completó. Cuanto más estúpida se vuelve la representación intelectual del sujeto del mercado y del dinero, más tenebroso llega a ser su farfullar repetitivo en torno a las tan gastadas virtudes burguesas y a los valores occidentales. No existe ni un solo paisaje marcado por la miseria y las matanzas sobre el cual no se derramen millones de lágrimas de cocodrilo de un humanitarismo policial democrático; no hay una víctima desfigurada por la tortura a la que no se convierta en pretexto para la exaltación de las alegrías del individualismo burgués. Cualquier idiota leal al Estado que se extenúa al completar un par de líneas invoca la democracia asténica; cualquier ambicioso bribón político o científico pretende broncearse a la luz de la Ilustración.

Lo que otra vez quisiera llamarse crítica radical sólo puede distanciarse con rabia y asco de los desechos reunidos de Occidente. Queda muy por debajo de las necesidades la sobradamente conocida figura de pensamiento que intenta defender a la Ilustración en cuanto tal de sus groseros acaparadores burgueses de la actualidad, reivindicando para sí, en una actitud casi idéntica a la de los burgueses cultos, una elevación consumada de la reflexión en detrimento de la plebe intelectual y el populacho del siglo XXI. Este populacho es la propia Ilustración llegada a sí. Es por sus resultados devastadores que se debe juzgar a la supuesta Modernidad: sin subterfugios, sin una dialéctica forzada hecha de justificaciones y relativizaciones.

El pensamiento ilustrado, que en su tiempo se hiciera notar como un modo de pensar distinto e insólito, y en parte hasta difícil de comprender, no sólo se convirtió en el supuesto de todo el pensamiento teórico posterior sino que también llegó a ser parte integrante del tipo de conciencia socialmente generalizado, pasando a constituir además, bajo la forma de una especie de sedimentación inconsciente, el modo de pensar no reflexivo del sentido común burgués.

Y, también bajo esta forma, tiene que ser implacable y radicalmente destruido.

Uno de los puntos cruciales del malentendido acerca de la crítica social a la Ilustración es la arraigada interpretación según la cual se habría tratado de una promesa emancipatoria, o incluso de la promesa de libertad para la búsqueda de la felicidad por parte del hombre (pursuit of happiness). Con el propósito de una racionalidad en cuanto tal y de una crítica permanente, esta promesa fue supeditada al juicio de esa misma racionalidad, de manera que no podía sino parecer que el pensamiento ilustrado tenía que prolongarse para siempre, incluso más allá de sus creadores y protagonistas, hasta que se hubiese “cumplido”. Fue precisamente por ello que se pudo mantener el malentendido fundamental según el cual la Ilustración sería cualquier cosa menos la autorreflexión positiva del capitalismo y la lógica del sistema productor de mercancías, y que contiene en sí momentos trascendentes de emancipación que apuntan más allá de sí misma en su constitución burguesa.

Toda vez que la crítica ilustrada constituyó, a través de su proceso de desarrollo histórico, la autoafirmación de la destructiva forma burguesa del sujeto, ella se extingue de hecho delante de nuestros ojos junto a su objeto. En la misma medida en que todo y cada pensamiento se retira en fuga desordenada hacia la última y extrema línea de resistencia de la filosofía ilustrada, deja de existir, por completo, como pensamiento. Sin embargo, el espectáculo de un redescubrimiento militante de los valores occidentales, como si la historia de la reflexión de los últimos ciento cincuenta años, adherida a su objeto, nunca hubiese existido, no tiene nada de trágico, ni siquiera de ridículo; es pura y simplemente repugnante”.

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Hemos presentado el texto precedente, compuesto de una selección de reflexiones recogidas de ‘Razón Sangrienta’ de Robert Kurz, si bien no es mucho más a decir verdad lo que podemos avalar del texto entero en el que se subsumen tales citas o del resto de la línea de su pensamiento.

¿Cuánto tiempo más vamos a tardar en reconocer la profundidad de la raíz de los males que nos aquejan?

Lamentablemente, el propio Kurz, si bien aprecia parte de la radicalidad del problema, dista enormemente, como por fuerza ha de distar en general del origentoda reflexión meramente humana, de hallar el campo de solaz -y digámoslo así pues en eso nos hemos convertido a escala global- para la bestia humana.

* * *

“Hay en el hombre algo que puede concebir el Absoluto e incluso alcanzarlo y que, en consecuencia, es absoluto. Partiendo de este dato, se puede medir toda la aberración de los que encuentran completamente natural tener el derecho o la oportunidad de ser hombre, pero que quieren serlo al margen de la naturaleza integral del hombre y las actitudes que implica. Por supuesto, la posibilidad paradójica de negarla forma igualmente parte de esta naturaleza —pues ser hombre, es ser libre en el sentido de lo «relativamente absoluto»—, de la misma manera que es una posibilidad humana el aceptar el error o arrojarse a un abismo.

Independientemente del ateísmo doctrinal y de las especialidades culturales, el hombre moderno se mueve en el mundo como si la Existencia no fuese nada o como si la hubiese inventado; para él es una cosa tan banal como el polvo bajo sus pies —tanto más que ya no tiene conciencia del Principio trascendente e inmanente a la vez—, y dispone de ella con seguridad y descuido en una vida desacralizada y, por tanto, insignificante. Todo se concibe a través de un tejido de contingencias, de relaciones, de prejuicios: ningún fenómeno se considera ya en sí mismo, en su ser, ni se capta en su raíz; lo contingente ha usurpado el rango de lo absoluto; el hombre ya casi no razona más que en función de su imaginación falseada por las ideologías de una parte y el ambiente artificial de otra … Sería preciso volver a ser capaces de captar el valor de la Existencia y, en la multitud de los fenómenos, el sentido del hombre; sería necesario volver a encontrar las medidas de lo real.

Si el incrédulo se rebela …  es porque no tiene el sentido del equilibrio inmanente ni el de la majestad de la Existencia y en particular del estado humano. Existir no es poca cosa; la prueba es que nadie podría sacar de la nada un solo grano de polvo; y tampoco la conciencia; no podríamos dar ni una parcela a un objeto inanimado. El hiato entre la nada y el menor objeto es absoluto y, en el fondo, ahí está la «absolutidad» de Dios” (1).

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NOTA

(1) Citas extraídas de ‘Sobre los Mundos Antiguos’, de un autor conocido de la escuela perennialista, Schuon.  Señálese de paso que al menos en dicha escuela, ubicada con todo a medio camino entre el extravío del sinsentido contemporáneo y de otro lado el camino, el único camino realmente necesario, por más que en dicha escuela se observen de hecho y por principio incluso serias ilusiones y confusiones, a más de las simples insuficiencias, en ella se percibe, no obstante, en el plano intelectual, la virtud de elevar con firmeza el rostro hacia lo Alto, sin buscar respuestas exclusivamente ‘con la cabeza enterrada’ (o con el corazón ciego, para ser más exactos), como hace por desgracia con enorme frecuencia la crítica ‘anti-moderna’ de los, como Kurz mismo, ‘anti-ilustrados’.

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En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo

Desde hace unos meses atrás, venimos observando en ciertas esferas un cruce e intercambio (de todos los tonos y matices) de ideas o reflexiones en torno a conceptos tales como tradición, secularismo, conservadurismo, metapolítica, liberalismo, pensamiento único, pensamiento reaccionario, paleoconservadurismo, etc.

Recientemente, un post escrito por un joven y agudo politólogo y profesor de la PUCP ha vuelto en parte sobre este universo conceptual, al recordarnos, sobre este trasfondo, ciertas reflexiones de Von Hayek en torno a conservadurismo y liberalismo.

Von Hayek se aleja del conservadurismo y escribe una crítica al mismo.

Cabe comentar al respecto algunas cosas desde nuestras canteras.

Extraemos dos frases del autor vienés:

“(…) la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modificar y mejorar la situación presente”.

Éste es más o menos el leit motiv de algunas de las críticas contra lo que se ha denominado el pensamiento reaccionario, pensamiento tradicionalista, o el ímpetu de que la religión recupere un espacio crucial en la política.

Otra idea:

“Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas”.

Ahora bien, siempre me han sorprendido algunas cosas:

¿Por qué se acusaría a una directriz religiosa para una sociedad, como la que manifiestamente abrazamos los musulmanes, de no querer la mutación, el cambio?

Hoy en día quizá, y de seguro dentro de las religiones, nadie mantiene mayor fuerza vital y más viva el ansia de cambio que precisamente el Islam. 

En cuanto a otras religiones o estilos ‘espirituales’, los banqueros, los yuppies y Wall Street, pueden sentirse contentos con los ejercicios de ‘meditación yoga’ o repitiendo ommm, y visitando a gurús o lamas en la India periódicamente (para los más ‘comprometidos’ y sensibles).

Las voces cristianas o con formación judaica de protesta (por ejemplo, Noam Chomsky), pueden señalar con crudeza aspectos terribles del orden contemporáneo pero es patente el carácter proteico y volátil de sus genéricas propuestas de cambio (menos capital, más amor; menos egoísmo, más solidaridad; no a la deuda externa, condonación), lo cual se origina después de todo, en el hecho de que, en la historia del Logos, hay todavía un nexo esencial, a su pesar quizá muchas veces, que vincula ‘ontológico-genéticamente’ a tales voces con las raíces profundas del actual orden de cosas (1).

¿Cómo podría acusarse, en este panorama, de temor al cambio en el Islam?

Por el contrario, el cambio que se reclama es severa y largamente profundo, dramática y abisalmente renovador, para eliminar un severo coma espasmódico del mundo contemporáneo.

Frente a este cambio urgido, las controversias izquierda-derecha, liberales-conservadores, republicanos-demócratas, verdes o socialdémocratas parecen, bajo el prisma de la perspectiva histórica, cambios minúsculos destinados a mantener el cuerpo moribundo. 

Podrán no querer ese cambio, pero no decir que no queremos un cambio.  Y la oposición a nuestro cambio es ya otro asunto.  Esa oposición al cambio es característica en la historia del rechazo de los Mensajes Divinos.

Teniendo en cuenta que nuestra historia no empezó hace un siglo, y que en los siglos que tenemos registrados, la historia ha sido largamente más bien religiosa (religiosamente señalada) que irreligiosa, la oposición al cambio religioso es una oposición que tiene también larga data.  No hay nada, en radicalidad, últimamente novedoso en el secularismo.  In nuce, Hayek es bastante viejo.

Ahora bien, identificar esencialmente a una religión políticamente activa con una defensa de un estatus quo sino actual en todo caso previo, por otro lado, es asimismo una malcomprensión seria.

El cristianismo no tiene -medievalismos frágiles aparte- historia real que defender del pasado, por lo que su voz crítica (haciendo abstracción de las voces hegemónicas cristianas más o menos ‘aggiornadas’ insuficientes incluso en su crítica) adquiere más bien el carácter de una utopía.

En cuanto al Islam, ciertamente tenemos una historia que defender, admirar y que incluso adquiere valor normativo sacro para nosotros: la historia de la primera sociedad, economía y estados islámicos reales, históricos, establecidos por no menos que nuestro Profeta (la bendición y la paz de Dios sean con él) y continuada por sus cuatro más grandes e íntimos Compañeros inmediatamente después de él (los Cuatro Califas Rectos).

Pero esa historia, siendo historia, es a su vez ‘contra-historia’.

Mas contra-historia que, a diferencia de la utopía, condenada a la pobreza del límite del raciocinio y del saber (distinto al mero raciocinio) y la contingencia del utopista respectivo, plantea una plataforma sólida de evaluación y de llamado al permanente cambio.

 Muchos de los más grandes hombres en la ortodoxia del Islam, sabios (‘ulama) y/o gnósticos (awliya), han debido apartarse del estatus quo de sus sociedades respectivas, exteriormente islámicas,  o sufrir incluso persecuciones por detentores temporales del poder, precisamente por la radicalidad permanente del cambio religioso.

No hay creyente, nos dice el Enviado de Dios en el Islam, cuyo mañana sea igual a hoy, o su día presente sea igual a ayer … si en verdad es creyente.

El primer cambio que exige un portador de la sapiencialidad islámica es precisamente: a los mismos musulmanes.

Un cambio largo, inagotable, una lucha permanente.

Frente a esto, la renovación social progresista o liberalista, sinceramente, es tan espiritualmente desvalida que se integra a la interminable historia de auto-engaños de perpetuación del ego.

 La clave para comprender las críticas anotadas de Hayek y similares, no es por tanto si se quiere o no cambio, sino qué se quiere, en definitiva, con el cambio.

Librados a una imagen de sí mismos (del ser humano) harto empequeñecida (frente al universo espiritual y ontológico de los océanos reales en el corazón del ser humano que advienen a la manifestación en la Vía de un Enviado (2)), los liberales (incluso aquellos si acaso externa u ornamentalmente aún creyentes) parecen quedar horizontalmente atónitos y hechizados ante cada o casi cada sucesiva imagen al frente, “atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre transformación y evolución” (Hayek).  Admiran, se diría, la fuerza de las transformaciones sucesivas inagotables horizontales.  Pero no tienen siquiera idea de las aún más poderosas transformaciones sucesivas inagotables verticales.

Como dijo un islamólogo y pensador contemporáneo, S.H. Nasr:

Hoy en día a menudo se nos dice que tenemos que estar a la altura de los tiempos. Raramente se pregunta a la altura de qué deben estar «los tiempos».

Lo que hoy se llama «los tiempos» es en gran medida un conjunto de problemas y dificultades creados por la ignorancia en que está el hombre sobre su naturaleza real y por su terca determinación a «vivir sólo de pan».

El liberalismo enabola la libertad, como si le fuera casi su patrimonio.

Pero así como ocurre con el cambio, hay también un falseamiento semántico del contrario, para implicar que otra opción es coartar la libertad.

Si por el contrario, aquellos que queremos una libertad real, no podemos cejar en el esfuerzo de evitar que las sociedades institucionalicen estructuras que si algo garantizan es la perperuación de la esclavitud del espíritu al animal ego, pretendiendo arrastrarnos por su fuerza en ello.

Sociedades ‘horizontales’ (como los hombres ciegos en la caverna de Platón) cuyos beneficiarios se contentarán, por supuesto, o con el american way of life, o bien diciendo ‘ommm’, o, como Ira Rennert, el billonario dueño de Doe Run, promoviendo quiebras de empresas, con la desgracia de miles, a cambio de la ‘buena conciencia’ formada mediante cosmética filantropía (como aquella, tan sensible, de la donación de Torahs para yeshivas en Israel, a petición de su rabino).

Wa min Allahu Tawfiq

 

Nureddin Cueva García

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 NOTAS

(1)    “En la civilización cristiana, la ley que gobernaba a la sociedad humana no disfrutaba de la misma sanción divina que las enseñanzas de Jesús. De hecho, esta falta de Ley Divina en el Cristianismo habría de desempeñar un papel nada despreciable en la secularización que tuvo lugar en el Renacimiento y la revuelta gradual y cada vez más acelerada en las esferas políticas y sociales que a través de sucesivas etapas se produjeron en la historia de Occidente dejándolo en un abandono auto-aceptado, institucionalizado y ‘legalmente protegido’ de la conexión tradicional de los gobiernos y las sociedades con Dios, o, como se pasó a denominar, la separación de iglesia (religión) y estado”.

(Del artículo: Seguir la Ley Sagrada o estar a la Altura de los Tiempos)

(2)    “Tenemos un secreto detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos detrás de los secretos.  Todos esos secretos están ocultos para que ustedes los encuentren; sin embargo, ustedes desperdician su tiempo, su vida y su edad con acciones sin sesntido” (Mawlana Shaykh Nazim, sohbet en Suiza del 15 de julio de 1985).

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